viernes, 17 de abril de 2009

El día más feliz de mi vida

En mi vida ha habido momentos geniales, viajes increíbles y sucesos inolvidables. Si hiciera una balanza, seguramente han sido más los días en que me han pasado cosas notablemente buenas a aquellos en los que me han pasado cosas notablemente malas.
Soy muy afortunada.

Pero hay un día que recuerdo especialmente, un día que de inmediato vendría a mi mente si en este momento me preguntaran cuál ha sido el día más feliz de mi vida.

Ni siquiera recuerdo la fecha exacta, sólo sé que fue por ahí de septiembre... cierta mañana de un sábado desperté, y lo primero que vi fue la silueta de un pajarillo recortada por el sol que entraba por la ventana, saltando de un lado a otro.

Me pareció una manera hermosa de comenzar el día, y me levanté a preparar mis cosas para irme a Uruapan. Era un sábado como cualquier otro; no me había ocurrido nada espectacular el día anterior, había ido a una fiesta muy chida, pero nada del otro mundo, de hecho estaba ligeramente cruda y me dolía un poco la cabeza. No estaba pasando nada sobresaliente en mi vida en aquellos momentos, no tenía ninguna razón particular para estar contenta, y sin embargo, me levanté de un humor excelente. Me sentía verdaderamente feliz.

Cuando iba en la carretera, comencé a observar por la ventanilla los paisajes, los árboles, las nubes... observé todo con atención el color de las flores de otoño. No estaban en ningún jardín, nadie las había plantado ni cuidado; ellas sólo habían crecido ahí, al lado de la autopista, y sin embargo eran de un color morado increíble. Las nubes se movían, perezosas, sobre un cielo de un intenso azul... tan intenso como el de cualquier mañana. Pero por alguna extraña razón, ese día llamó mi atención su tonalidad, los dibujos que trazaban sobre él las tenues nubes...

Llegué a Uruapan y al ver a mi familia, me inundó una sensación de dicha aún más intensa. Hasta a la señora que hace el aseo me dió un gusto increíble saludarla.
Mi papá estaba ocupado hablando por teléfono cuando llegué, así que me puse a ver la televisión mientras colgaba. Normalmente no me gusta la televisión, pero ese día todo lo que veía me parecía genial. Pensaba en todo el trabajo que tenía que haberse realizado para que esa imagen llegara a mi pantalla. Cambiaba de canal y quedaba fascinada por el sonido de un violín que interpretaba un señor en el canal de arte, por la sonrisa de un bebé en un comercial de pañales...

Después, mi papá colgó y me pidió que lo acompañara al mercado.
Y esa visita al mercado ha sido una de las experiencias más fascinantes de mi vida. Me sorprendía a mí misma el estado sensorial en el que me encontraba, además de la constante sensación de éxtasis que fluía en mi interior. Era una alegría tan enorme que casi sentía ganas de llorar de felicidad. ¿Por qué? ¡¡¡No lo sé!!! Todos me preguntan si estaba drogada, pero juro que no había consumido ninguna sustancia. Era simple y sencilla dicha.

Las frutas, los artículos del mercado, la gente... todo era fantástico. Como si lo estuviera viendo por primera vez. Me detenía en cada puesto a observar los colores, las formas, las texturas. Escuchaba las risas de los niños, las voces de los puesteros invitando a los marchantes a comprar. Pasé cerca de diez minutos frente a un puesto de peces y mascotas viendo a un ratoncito correr en una rueda dentro de su jaula.

Y en ese momento me di cuenta de que la felicidad puede ser un estado constante. No es necesario que nos ocurran cosas extraordinarias para sentir un gozo sin límites. La dicha que sentí durante todas esas horas, era tan o incluso más intensa que la de estar enamorada, o la de alcanzar alguna meta que me hubiera trazado.

Era una felicidad sin excusas, sin motivos, sin manchas. La simple felicidad de estar viva y una gratitud sin límites por el soplo del viento, por el calor del sol, por la gente que me rodeaba, por el latido de mi corazón.

American Beauty ya era mi película favorita antes, pero después de ese día comprendí totalmente su mensaje, y desearía tener alguna prueba de aquel día, como Ricky tenía el video de la bolsa de plástico.

Por eso quise escribir este relato... y desearía haberlo escrito cuando el recuerdo estaba más reciente, para no haber perdido tantos detalles...

Sé que este escrito no plasma todas las cosas que vi, pensé y sentí ese día... but it helps me to remember... I need to remember...

1 comentario:

  1. El secreto de la felicidad esta en encontrar un momentito de esos cada dia, aunque sean solo unos segundos. Me cae.

    PD Cultural: Marchante viene del frances "marchand", que se traduce como "mercader". Asi que esta mal empleado. XD

    ResponderEliminar