jueves, 18 de febrero de 2010

20 de enero

Los sollozos del niño apenas son audibles, pero me despiertan. Está sentado en la fila de asientos de al lado, junto a la ventana. No debe tener más de cuatro años.
Se tapa la carita con las manos y mientras llora susurra en voz baja “mami… mami”.

Miro alrededor, tratando de identificar algún adulto que pudiera ir con el pequeño. Sólo hay un anciano dormido en las primeras filas y un par de muchachos con pinta de estudiantes dos asientos detrás de mí.

Me acerco a él. “Hola” le digo y él destapa su rostro, mostrando unos preciosos ojitos azules, que me recuerdan de inmediato a Ricardo. “¿Por qué lloras?” le pregunto con ternura. “Mi mamá me dejó” se queja el niño entre sollozos “me subió al autobús, dijo que ahorita venía y se bajó. El autobús arrancó y ella no regresó”.

Vuelve a llorar con renovada fuerza. Le pregunto su nombre y me dice que se llama Miguel. No sabe decirme su apellido. Me doy cuenta de que lleva una mochila y le pido permiso para revisar su interior. Quizá pueda encontrar alguna identificación que me ayude a dar con los padres del pequeño. Pero al abrirla descubro que sólo contiene una sudadera, un sándwich de jamón, un juguito de caja y un libro de cuentos.

Siento un hueco en el estómago ¿y si la madre realmente lo abandonó?, ¿cómo es posible que alguien sea capaz de hacerle algo así a un niño?

“Siempre me decía que si me portaba mal me iba a regalar – cuenta, mientras mira por la ventana, afligido - en la mañana le di un coscorrón a Lupita, de seguro fue por eso. Además, ella siempre quiso tener una niña. Como ya tiene a Lupita, ya no me quiere” apenas podía articular las palabras entre los espasmos que le causaba el llanto. Me cuenta que su papá se fue de la casa cuando su mamá estaba aún embarazada de su hermana, y que se suponía que iban a Lázaro Cárdenas a visitar a su abuela. Le pregunto cómo se llama su abuelita, pero no lo sabe, él sólo la conoce como “Tita”.

Trato de calmarlo. “No llores, Miguelito. Estoy segura de que tu abuelita te está esperando en Lázaro” Él se limpia los mocos con la manga de la camiseta “¿siii?” pregunta esperanzado “¡Claro! Y tú mamá seguramente te alcanzará más tarde.” “Entonces ¿no me abandonó?”. “¿Cómo se te ocurre que alguien va a abandonar a un niño tan bonito como tú?” digo con dulzura, al tiempo que limpio una lágrima de su mejilla pecosa. Por fin, el niño sonríe, aliviado, y mira por la ventana. Lo observo con detenimiento.

En cuanto llegue, intentaré localizar a la madre o a la abuela del pequeño, quizá lo estén buscando.

¿Pero si no aparecen?, ¿si de verdad su madre quería abandonarlo?

Alguien tendrá que hacerse cargo de él. ¿Qué debo hacer? Lo más correcto sería reportarlo al DIF, pero ¿entonces qué? Lo llevarán a alguna casa hogar, donde estará con un montón de niños huérfanos esperando a que algún día alguien lo adopte y con la incurable tristeza de saber que su mamá no lo quiso.

De pronto, una idea cruza mi mente. Si no encuentro a su madre, quizá pueda adoptarlo. Registrarlo como mi hijo, darle mis apellidos y criarlo como si fuera mío. Una descarga de adrenalina corre por mi cuerpo. Pensar en la responsabilidad de tener un hijo me atemoriza: aún me siento muy joven para ello. Pero a la vez, me emociona. Quizá era un regalo que el cielo me está enviando. Después de todo, es probable que yo nunca pueda tener hijos propios.

Ricardo incluso terminó conmigo por eso. Los doctores ni siquiera están del todo seguros de mi infertilidad, pero él decidió que no quería arriesgarse. Ambos terminamos la universidad hace unos meses, y él dice que quiere casarse lo antes posible, porque su mayor sueño es tener hijos siendo aún joven. Ni hablar. Tanto en la edad de Piedra como en la actualidad, el instinto de preservación de la especie es lo que sigue determinando la elección de pareja de los seres humanos, supuestamente la especie más evolucionada y racional. Si no eres una hembra apta para darle descendencia al macho, eres descartada, aunque lleves cinco años siendo una novia fiel y cariñosa.

Todavía me duele mucho la ruptura. En verdad creía que él era el hombre con el que compartiría mi vida. Pero, hasta cierto punto, me alegro de haber terminado con él. Con esa mentalidad machista y retrógrada, era probable que una vez casados, nunca me dejara trabajar, y yo no estuve en la universidad cinco años matándome estudiando para terminar encerrada en casa cuidando hijos.

A la semana de haber terminado con él, empaqué mi maleta y decidí mudarme a Lázaro Cárdenas. Mi prima Mónica, quien trabaja como asistente de un fotógrafo, me permitirá quedarme un tiempo en su casa, mientras consigo un empleo. Dependiendo de cómo me sienta viviendo con ella, quizá me quede y compartamos gastos.

Aún no sé con exactitud qué será de mi vida allá. Siempre he querido vivir en la costa. Yo sé que no voy a poder ir a diario a asolearme a la playa, pero aún así me emociona la idea de ver el mar todos los días en mi trayecto de la casa al trabajo, de sentir siempre el clima cálido y tropical, el ir los fines de semana a nadar...

Además, será la primera vez que viviré por mi cuenta, ganando mi propio dinero, sin contar con el apoyo económico de mis padres. Es una aventura que siempre había querido vivir, y ahora que terminé con Ricardo soy totalmente libre, así que es el momento preciso para ello.

Sin embargo, ahora que encontré a Miguelito ya no sé qué voy a hacer. ¿Y si de verdad Dios lo mandó a mí para darme la oportunidad de ser la madre amorosa que él necesita? Lo miro con detenimiento. Se ha quedado dormido. Es un niño precioso.

Podría decir que es hijo mío y cualquiera que no me haya visto en los últimos 4 años, me lo creerá. ¿Qué dirían mis padres? Creo que estarían contentos de tener un nieto, pero necesito primero encontrar un buen trabajo para poder mantenerme a mí y al niño para que sepan que mis deseos de ser madre son genuinos y quiero hacerlo bien, haciéndome responsable por mi decisión de adoptar al pequeño.

No obstante, ser madre soltera es algo sumamente difícil. Casi nadie lo es por elección. La mamá de Miguelito lo es también, pues su padre los abandonó. Quizá la pesada carga de sacar adelante a dos hijos sola fuera una de las razones que hicieron que decidiera abandonarlo. ¿Por qué elegir meterme en ese embrollo si no es un hijo mío?

Aunque no tengo que hacerlo sola necesariamente. Quizá pueda llamar a Ricardo y contarle lo que me ocurrió. ¿Y si lo adoptáramos entre los dos? Él cumpliría su sueño de tener un hijo, aunque no sea biológico. De todos modos, se parece un poco a mí, con su piel tan blanca y el cabello oscuro y rizado, y tiene los ojos de Ricardo. Incluso, si lo pienso bien, es demasiada coincidencia que encontrara a un niño abandonado que parece un hijo de Ricardo y mío. Soy una persona que cree en las señales divinas. Quizá Miguelito llegó a mi vida porque yo soy quien debe cuidarlo. Ricardo y yo debemos ser sus papás.

De pronto, el niño despierta y vuelve a llorar. “¿Qué pasa, corazón?” le pregunto. “Extraño a mi mami”. Busco una manera de distraerlo. “Te leeré un cuento” digo, sacando el libro que lleva en su mochila. Comienzo a leer y Miguel empieza a seguir mi lectura. Lo observo sorprendida. “¿Ya sabes leer?” pregunto “No” responde “y ¿cómo es que estás leyendo conmigo?”, “me lo sé de memoria” Me doy cuenta de que el niño reconoce exactamente qué frases van en cada página gracias a las ilustraciones, y se sabe todo el relato, palabra por palabra. Fascinante. Además de ser un niño lindísimo, es inteligente. Tal y como siempre soñé que fuera un hijo mío.

Sigo leyendo, pero al poco rato, termino los cinco cuentos cortos que tiene el libro y aún falta mucho rato para que lleguemos a nuestro destino. Necesito encontrar una manera de distraerlo antes de que se vuelva a poner triste.

“Oye, Miguelito… ¿te gustaría aprender a leer, para que puedas saber qué dicen todos los libros y no sólo éste?” La idea le emociona “¡SI! Ya no tendría que esperar a que mi mamá tenga tiempo de leerme cuentos”

Ya que se sabe de memoria los títulos de los cuentos del libro, decido empezar a enseñarle con ellos. “Ésta es la letra A. Es la primera del abecedario. Aquí está con otra letra, la “l”, que es como un palito. Aquí dice “La”” “La bruja pelona” completa él. “¿Entonces aquí dice bruja?” “así es, puedes ver que es una palabra más larga, porque tiene dos sílabas: bru-ja. Ésta es la letra “b”, ésta es la “r”…”

Cuando llegamos a Lázaro Cárdenas, el niño ya sabe distinguir varias palabras y se ha aprendido una parte del abecedario. Le prometo que mientras esperamos a que su mamá venga a buscarlo le enseñaré también a escribir.

“¿Tú tienes hijos, Rosy?” me pregunta cuando el autobús se detiene. “No. No tengo. Tú eres muy inteligente y bien portado ¿no quieres ser mi hijo?” digo, riendo. El niño se ríe también y toma su mochila.

Empiezo preguntarme qué hará Mónica cuando me vea llegar con un niño. Desde luego, comenzaré a buscar un departamento dónde vivir sola con Miguelito. Mónica no tiene por qué aceptar responsabilidades que no le corresponden. Aunque claro, a mí tampoco me corresponde, pero he tomado mi decisión. Voy a adoptar al niño.

Antes de bajar del autobús, pregunto al chofer si la madre de Miguelito le dio alguna instrucción sobre qué hacer con el pequeño al llegar. “No - responde, ceñudo – sólo vi que se bajó y no volvió a subirse…” “¡¡¡Ahí está mi Tita!!!” exclama de pronto el niño. Miro al andén y veo a una anciana con gesto amable, que busca algo en su bolso. El chofer y yo nos sonreímos, aliviados. Miguelito y yo bajamos del autobús y nos dirigimos a la anciana mujer. Ella no nos mira.

“Miguelito… ¿seguro que es tu Tita?” pregunto, mientras veo que la mujer se forma en la fila para abordar un autobús.

Cuando estamos a un par de metros, ella observa a Miguelito unos segundos y sonríe. “Hola, chiquito” le dice. Luego me mira y dice “qué bonito hijo tiene”. Comprendo que no es la persona que buscamos. El niño vuelve a llorar.

Rápidamente saco mi celular y finjo que contesto una llamada. “¿Bueno? Ah sí, ¿cómo le va?... ¿Miguelito? Está aquí conmigo. Muy bien, entiendo. Claro que sí, yo lo cuidaré bien” Hago como que cuelgo.

El pequeño me mira, expectante. “Me habló tu mamá. Dijo que todavía está en Uruapan, que tuvo que hacer unas cosas y no pudo venir todavía, pero me pidió que te cuide en lo que ella llega. Te mandó decir que te quiere mucho y que te portes bien en lo que viene por ti”.

Su carita se ilumina. “¿Cómo ves, Miguelito? Te vas a quedar en mi casa un tiempo. En la tarde te voy a llevar a que conozcas el mar y podemos ir por un helado” “¡Sí! – responde emocionado – pero primero tienes que enseñarme a escribir”

Lo tomo de la mano y nos dirigimos a la salida de la central de autobuses. Nerviosa, pienso en el giro que acaba de dar mi vida en sólo un par de horas. ¡Voy a adoptar a un niño! Voy a hacer lo que sea necesario para que este chiquito tenga una vida grandiosa, voy a trabajar muy duro. Si Ricardo vuelve a mí y los dos podemos ser sus padres, será genial. Si no, de todas maneras me esforzaré por ser la mejor mamá del mundo.

Al pasar por la taquilla, el pequeño señala a otra anciana. “Rosy... creo que ésa sí es mi Tita” Miro a la mujer, que hablacon el encargado de la taquilla. Nos acercamos, y tan pronto nos ve, corre hacia nosotros y abraza al niño.

“Miguelito. Gracias a Dios. ¡Creí que no te encontraría!” exclama, llorando. “No te preocupes, Tita. Rosy me cuidó muy bien.” responde él

La mujer me da las gracias efusivamente. Me dice que la madre de Miguelito dejó al niño y el equipaje en el autobús, y bajó rápidamente para ir a la tienda de la central a comprar una papilla para dar de comer a la bebé. Cuando volvió al andén, el autobús había arrancado. Al ser una línea económica, la gente de la terminal no tenía manera de comunicarse con el chofer del autobús, y no hay mucho control de las personas que suben o bajan en cada pueblo. Las dos mujeres estaban aterradas de que alguien hubiera podido robarse al niño.

Habiendo aclarado el asunto, me arrodillo para despedirme de Miguelito. Tengo un nudo en la garganta. Me siento aliviada de haber encontrado a la abuelita del pequeño, pero no puedo evitar sentir una produnda tristeza. El niño se acerca a mí y se despide con un beso en la mejilla. Me da las gracias por haberlo cuidado y por enseñarle a leer. De pronto, me susurra muy bajito al oído. “No estés triste, Rosy. Vas a ser una excelente mamá” lo miro, sorprendida por sus palabras, y en sus ojos brilla un extraño destello. Le da la mano a su abuelita y ambos se alejan, sonrientes.

Camino cargando mi maleta hasta la parada de autobuses. Las palabras de Miguelito siguen resonando en mi cabeza. Su voz fue serena y tranquila, más como la de un ángel que como la de un niño.

Tomo el autobús para dirigirme a casa de Mónica y comenzar mi nueva vida, con una sonrisa en el rostro y el corazón contento. Quizá alguien está diciéndome que no debo preocuparme, que cuando llegue el momento tendré la oportunidad de tener mis propios hijos. Soy una persona que cree en las señales divinas.

martes, 26 de enero de 2010

Sorpresas de madrugada (18 de enero)

- ¿Qué? Nos echamos uno antes de dormir – preguntó Hugo con un guiño
- Simón – Respondió Erick, sin hacerse del rogar

Subieron el volumen a la canción de los Cafres que estaban escuchando, tomaron el hitter y salieron al balcón. Llevaban seis meses viviendo solos en aquella casa que, gracias a la zona tan descuidada en que se encontraba, les rentaban sumamente barata, a pesar de ser bastante amplia y bien conservada.

- Shot la hamaca – exclamó Erick, corriendo a recostarse en ella
- ¡No mames! No sé para qué la compré si diario eres tú el que se la agandalla
- Nadie sabe para quién trabaja

Prendieron la pipa y se la fueron pasando uno al otro después de dar profundas bocanadas. La canción que escuchaban terminó y sólo se escuchaba el canto de los grillos y algún auto ocasional que pasaba por la avenida, a sólo un par de cuadras de la casa. Eran las tres de la madrugada.

Ambos se quedaron en silencio. Erick meciéndose lentamente en la hamaca, mirando las estrellas, mientras Hugo, sentado en una silla, jugaba con el encendedor con gran concentración.

A lo lejos, comenzó a escucharse un sonido rítmico, constante, que poco a poco fue aumentando de volumen hasta resonar por toda la calle desierta. Dos pares de tacones caminando por el pavimento.

Erick estiró el cuello para ver hacia la calle a través del barandal de la terraza. Distinguió dos mujeres vestidas de manera tan provocativa que ninguna mujer en su sano juicio se atrevería a andar por esos rumbos a esas horas, a menos que…

- Mira, wey, putillas – murmuró Erick a su primo

Hugo se asomó

- Han de ser bailarinas en el teibol que está aquí a la vuelta. Están chidas…

En efecto, ambas tenían buena figura. Una llevaba minifalda y tenía una larga y rubia cabellera. Era alta y con unos enormes senos. La otra era morena, sumamente delgada, incluso algo desabrida, pero llevaba un pantalón de vinil morado muy ajustado que dejaba mostrar un trasero firme y bien moldeado, llevaba el cabello lacio y no muy largo. Cuando pasaron justo debajo del balcón, la rubia comenzó a voltear a todos lados, como buscando algo

- ¡Ay mana, aquí huele a pura mota!

La otra aspiró profundamente

- De veras, oyes…

Ambas miraron hacia arriba al mismo tiempo y se toparon con los ojos curiosos de Erick y Hugo. Éste levantó la pipa en señal de saludo.

- Ay papitos, rólenla… - dijeron, casi al unísono

Los primos se miraron con complicidad

- Pásenle a la fiesta – dijo Erick, en tono sugerente
- ¿De veras? – respondió la rubia
- Simón, ahí voy a abrirles – respondió, levantándose rápidamente de la hamaca

Mientras su primo bajaba a abrir la puerta, Hugo fue rápidamente a checar su reserva de condones. Con desencanto vio que no tenía ninguno. Fue a revolver el cajón de los calcetines de Erick, donde siempre guardaba los preservativos, y sólo encontró una caja vacía

- Vale madre – murmuró

En ese momento, Erick entró, acompañado de las dos muchachas. Ya vistas de cerca y en la luz, sí estaban algo feas de la cara, pero al menos andaban bien arregladas y tenían buen cuerpo, especialmente si se las comparaba con las sexoservidoras gordas y esperpénticas que se apostaban en los alrededores de la vieja central de autobuses. Cuando los chicos se presentaron, ellas dieron sus “nombres artísticos”: la rubia se hacía llamar “Caricia” y la morena “Estrella”.

Sacaron dos caguamas del refrigerador y volvieron a poner música antes de salir al balcón. Hugo sacó dos sillas más y Erick volvió a echarse en la hamaca. Recargaron de hierba el hitter y comenzaron a rolarlo

- ¿Y ustedes estudian o qué? – preguntó la rubia oxigenada, con una voz nasal y chillona
- Yo, derecho y él, medicina – respondió Erick
- ¡Bien! Por los profesionistas del mañana – dijo, riendo, la morena, al tiempo que levantaba una caguama

Al poco tiempo, los cuatro se encontraban muertos de risa porque Hugo, intentando abrir una de las caguamas, se había empapado el pantalón.

Cuando pudieron parar de reír, “Estrella” se acercó a Hugo sugerentemente

- Mejor quítate ese pantalón, papi… no te vayas a resfriar…

Hugo, nervioso, volteó a ver a su primo, quien lo observaba, visiblemente emocionado. Obedeció y se quitó los pantalones, dejando mostrar una incipiente erección debajo del bóxer

- ¡Mira nada más! – exclamó la prostituta - ¿qué tenemos aquí?

Empezó a acariciar el pene erecto de Hugo, mirándolo coquetamente con sus pupilentes verdes.

- Pero qué pitote tienes – comentó, al tiempo que le bajaba el bóxer y comenzaba a darle el mejor sexo oral de su vida

Erick miró a “Caricia”, excitado. Ella le sonrió y se levantó de la silla. Se acercó a la hamaca y empezó a acariciar el rizado cabello del muchacho. Él estiró una mano para tocar uno de los enormes pechos de la alta rubia. Su amplia experiencia en chichis le indicó que debían ser operadas, pero eso le emocionó. Nunca había estado con una que se hubiera aumentado los senos. Ella acercó su rostro al de él y comenzó a besarlo apasionadamente, mientras él se deleitaba apretando sus pechos por debajo de la blusa y acariciando sus turgentes pezones.

Hugo, en el colmo de la excitación, observaba alternadamente a “Estrella” devorar ávidamente su miembro, y a Erick lamiendo las enormes tetas de “Caricia”. Lamentó que la morena fuera tan plana. Quizá en un rato podrían cambiar con su primo. Esa idea lo prendió aún más.

En el momento en que eyaculaba en la boca de “Estrella”, sintió que su corazón se detenía y sólo pudo dejar escapar un entrecortado “¡NO CHINGUES!” al ver un enorme pene erecto asomando debajo de la falda de la rubia despampanante a la que su primo seguía agasajando.

16 de enero

Los niños no paraban de reír. Leonardo, impotente, buscaba la manera correcta de reaccionar. Su ropa empezaba a gotear. El enorme globo con agua se había estrellado contra el pizarrón, empapándolo por completo

- Toño… ve a la dirección – dijo, intentando que su voz sonara autoritaria
- Maestro, no fue mi intención – respondió el niño, intentando contener la risa – el globo era para Pablo…
- ¡Vas a ver! – respondió Pablo, saliendo de debajo del escritorio, donde había alcanzado a esconder para protegerse

La directora marcó el teléfono, mirando a Toño con rostro ceñudo

- Señora, necesito que venga a la escuela para hablar con el maestro de Toño. Sí, cometió una falta grave. Estamos conscientes de la situación, pero debe comprender que no podemos permitir que el niño haga maldades sin ninguna consecuencia. Debe venir a hablar con el maestro para que entre ambos decidan el castigo que se le impondrá.

Leonardo esperó con nerviosismo la cita. Apenas era su primer año como maestro de primaria y le estaba siendo difícil ganarse el respeto de los chavales. Lo ocurrido con Toño le costaría bastante tiempo de burlas y risitas contenidas entre los alumnos. Lamentó no haber seguido dando clases en la universidad. Ahí jamás tenía que hablar con los padres de los estudiantes. Era la primera vez que citaba a la madre de un alumno y no estaba seguro de qué era lo que debía decir.

De pronto, al mirar a la puerta, la vio. Tan hermosa como la primera vez que la había visto, también al entrar por la puerta de un salón de clases.

- ¿Claudia? – exclamó, sintiendo que su corazón se detenía. Ella lo miró unos segundos, antes de que su rostro se iluminara
- ¿Leonardo? ¡Vaya, eres tú! Qué sorpresa…

Sin reflexionar, se abrazaron con fuerza y permanecieron así unos instantes, reconociéndose, volviendo a aspirar el olor de la piel del otro, sintiendo el mismo calor que cuando se abrazaban hacía quince años.

- Jamás imaginé que Toño fuera tu hijo… es decir, López es un apellido tan frecuente que… no puedo creerlo… ¡tienes un hijo de ocho años!
- Sí… me embaracé poco antes de terminar la universidad. No es lo más inteligente que he hecho en mi vida, pero no me arrepiento de ello ni un solo instante. Tener a Toñito ha sido lo mejor que me ha pasado…
- Claro… - respondió, dudoso, al tiempo que palpaba la manga aún húmeda de su camisa.
- Pero, cuéntame ¿Qué haces aquí en Guadalajara?
- Oh, hace años que vivo aquí. Me mudé al entrar a la universidad
Claudia lo miró, estupefacta. Había dejado de respirar. Leonardo sintió un nudo en la garganta y agachó la mirada.
- ¿Hace más de diez años que te mudaste y nunca me llamaste?
- Quise hacerlo, pero… - no pudo terminar la frase

No encontró las palabras para explicar que lo más doloroso que le había pasado en su adolescencia había sido el separarse de ella. Odió a sus padres por haber decidido irse de La Piedad para buscar un mejor futuro en Guadalajara. Odió a Claudia por aceptarlo tan resignada y sólo decirle “no te preocupes. En un par de años entrarás a la universidad y me alcanzarás allá”. Ella en realidad estaba contenta por mudarse. Un noviazgo adolescente no podía compararse con las bondades de la gran ciudad: ahora podría aprender a patinar sobre hielo e ir a los centros comerciales cada fin de semana. Ahora iría a una escuela mejor y haría nuevos amigos, más interesantes que su novio pueblerino.

Leonardo pasó meses enteros llorando. Su padre lo reprendía severamente “es de maricones estar llorando por una vieja”. La primera carta de Claudia llegó una semana después de que se fue. Le decía que lo extrañaba y que estaba muy triste por no verlo. Él le respondió intentando no agobiarla con su tragedia, diciendo parcamente que las cosas ya no eran lo mismo sin ella. En la segunda carta, una semana después, Claudia parecía más resignada a su nueva vida. Incluso emocionada. Le habló de su nueva escuela, de su nueva casa. “Desearía que estuvieras aquí”, “Ven a visitarme algún día” no se asemejaban a la falta de aire que él experimentaba por su ausencia.

Dejó de responder a sus cartas. Al principio ella insistió. “¿Qué pasa, Leo? Acaso ya te olvidaste de mí?”. Olvidarla. ¡Si tan sólo hubiera podido pasar un solo minuto sin pensar en ella! No podía dormir por las noches por estar recordando todos los momentos que habían pasado juntos, pensando en su cabello negro, sus ojos grandes y verdes…

Cada semana, Leonardo buscaba esperanzado entre la correspondencia y sentía un estremecimiento en la boca del estómago cuando descubría el sobre blanco con la caligrafía pequeña y ordenada. Aunque nunca respondiera, guardaba todas y cada una de las cartas que recibía.

La correspondencia se fue volviendo cada vez más esporádica, hasta que las cartas dejaron de llegar. Leonardo sintió una especie de alivio masoquista. Finalmente, ella se había olvidado por completo de él, como habría de ocurrir inevitablemente.

Muchas veces luchó con la tentación de llamarle al teléfono que ella le había dado en cada carta que le había enviado. Pero no podía hacerlo. Mientras no hablara con ella ni recibiera sus cartas, podría fingir que ella nunca había existido. Pero si escuchaba su voz, la realidad de su ausencia se haría inminente, y sentía que podría morirse del dolor.

Poco a poco, fue dejando de pensar en ella todos los días. Fue acostumbrándose a su ausencia. Llegó un momento en que ya ni siquiera recordaba con claridad su rostro. Y finalmente, cuando estaba en el último año de prepa, había conocido a Daniela.

Ella había sido una bocanada de aire puro en medio de ese encierro en el que había vivido durante dos años, desde que Claudia se fue. Había llegado a su vida sin pedir permiso, acercándose a él a pesar de sus barreras para decirle, sin rodeos “Me encantas”.

En ese momento fue como si se rompiera un hechizo. Los meses siguientes fueron completamente maravillosos. Cuando terminaron la prepa, ambos se mudaron a Guadalajara para entrar a la universidad.

Era por ello que no había llamado a Claudia, aunque la distancia que los había separado en primer lugar ya no existiera. Ahora estaba con Daniela y era muy feliz.

Un par de años después, la rutina y otros vicios fueron mermando la relación entre ellos, hasta que ambos decidieron terminar. Leonardo se preguntó por qué no sentía el dolor insoportable que había sentido al separarse de Claudia. Le pareció increíble que en sólo unos meses ella hubiera logrado que su presencia fuera tan necesaria como el agua para él, mientras que los tres años al lado de Daniela quedaron en el pasado rápidamente.

¿Sería que ésa era la manera de saber cuánto amas a alguien, por el grado de dolor que te provoca dejarlo ir?, entonces, ¿había amado más a Claudia que a Daniela? No lo creía, con Daniela había vivido momentos fantásticos: su primera vez, el dormir abrazando a alguien, el saber lo que era hacer planes para el futuro…

Pensó que quizá simplemente, al perder a Claudia había llorado todo lo que le correspondía llorar en su vida, y ya no le habían quedado lágrimas para llorar a Daniela.

Unos meses más tarde, se había ido de intercambio un año a Inglaterra. Allá había vivido experiencias nuevas y conocido a tantas mujeres hermosas, que olvidó por completo la idea de llamar a Claudia para saber qué había sido de su vida. Tenía muchas cosas nuevas por vivir y mucha gente por conocer. No debía mirar atrás.

- Y tú… ¿te casaste? – preguntó Claudia, rompiendo el largo e incómodo silencio
- No… viví un tiempo con alguien. Hace tres años que nos separamos. Mi hija cumplirá cuatro la próxima semana…
Le mostró una fotografía de una hermosa nena con la piel blanca como porcelana y bellos ojos negros y almendrados
- ¡Qué linda! Tiene tus ojos… - dijo, sonriendo - ¿cómo se llama?
- Claudia…

Ella lo miró intensamente, boquiabierta. Él recapacitó rápidamente

- Es que así se llama mi sueg… la mamá de Sandra. La abuela materna de la niña
- Oh… vaya… felicidades, es preciosa
- Sí… lo es…
- Bueno, hablemos sobre Toño
- Oh, sí… - respondió, guardando la fotografía en su cartera, con dedos temblorosos – se ha portado muy mal los últimos días
- Lo sé. Está molesto porque su padre y yo acabamos de divorciarnos
Leonardo parpadeó
- ¿Te divorciaste?
- Así es. El desgraciado se acostaba con una de sus compañeras de trabajo. Cuando me di cuenta lo mandé al carajo
- Vaya… siento escuchar eso. ¿Estás bien?
- Sorprendentemente bien. Creo que esto me hizo darme cuenta de lo infeliz que era a su lado. Me siento hasta liberada, con ganas de rehacer mi vida y de darme la oportunidad de ser realmente feliz

Se miraron a los ojos durante un instante. Claudia carraspeó y miró el reloj

- Hagamos esto. Suspende a Toño un día de clases. Yo le castigaré su Play Station y hablaré con él para que recapacite sobre su conducta ¿te parece bien?
- Sí… está bien… - dijo Leonardo, tartamudeando
- Bueno. Debo irme. Tengo mucho trabajo. Me dio mucho gusto verte, Leo…
- A mí también…

Ella se despidió con un breve beso en la mejilla y caminó hacia la puerta. Se movía con la misma gracia que a sus quince años. Llevaba una falda que le llegaba debajo de la rodilla, dejando ver sus torneadas pantorrillas.

- Claudia … - musitó Leonardo

Ella se detuvo y dio la media vuelta, con una leve sonrisa

- Hay junta de papás la próxima semana – dijo él, titubeante – El viernes a las seis

La sonrisa desapareció de su rostro

- Oh… bien… ahí estaré…

Levantó la mano en señal de despedida y volvió a caminar hacia la puerta del salón. Leonardo sentía que su corazón saltaba furioso dentro de su pecho, su cara estaba totalmente roja y de pronto, las palabras lograron salir de su boca sin amontonarse

- ¿Te gustaría ir a tomar un café después de la junta?

Claudia se detuvo en el umbral de la puerta y tardó un instante en volver la cabeza. Cuando lo hizo, su rostro estaba levemente sonrojado

- Claro… me encantaría…

Esbozó una enorme sonrisa y en sus ojos brilló la misma chispa de coquetería que lo había embrujado sin remedio el día en que Leo se había armado de valor y le había pedido que fuera su primera novia.

Cuando salió del salón, Leonardo permaneció un largo rato recargado en el escritorio y mirando a la puerta, con el corazón aún latiendo acelerado y con una extraña sensación hacía tiempo olvidada de mariposas en el estómago.

Simpleza (15 de enero)

Miré el reloj con impaciencia. El autobús estaba tardando demasiado. Normalmente no tenía que esperar más de cinco minutos para abordar. Era por eso que prefería tomarlo en el fraccionamiento Xangari, a las afueras de Morelia, donde sólo se detenían unos minutos a subir pasajeros antes de tomar carretera hacia Uruapan, en lugar de ir hasta la central. Eso implicaba tener que viajar en guajoloteros que se iban parando en cada pueblo, tenencia y ranchería que había en el camino, pero hacían casi el mismo tiempo que el servicio de primera y eran mucho más baratos.

En eso, vi que se acercaba un autobús que decía “Uruapan”, pero de inmediato me di cuenta de que era un Primera Plus y suspiré. Esos no se detenían en Xangari.

Observé el cielo y vi que el viento movía rápidamente unas grises y espesas nubes. No tardaría en empezar a llover.

De pronto, una voz me sacó de mis pensamientos: “Uruapan directo. Uruapan sin escalas”. Vi a uno de los señores que cantan las corridas parado junto al Primera Plus, que tenía su puerta abierta. Rápidamente tomé mi maleta y subí al autobús. El chofer me cobró cien pesos, veinte menos de lo que cuesta en la central. Desde luego, no me dio ningún boleto, y caí en cuenta de que aquella parada era una transacción corrupta del chofer, quien llenaba los asientos que le quedaban vacíos, cobraba los pasajes y se quedaba con ese dinero.

Me dirigí a un asiento vacío al fondo del autobús, donde me senté cómodamente en los asientos reclinables, infinitamente superiores a los de los guajoloteros. Vi que un par de hombres más subían al autobús. Cuando el motor había vuelto a encenderse, vi por la ventanilla que un Federal de Caminos se acercaba al autobús y le hacía señas al chofer de que se detuviera. Pasaron unos minutos y ya no eran uno, sino tres los policías que rodeaban el autobús.

Tras unos minutos, el chofer abrió la compuerta y fue por el pasillo pidiendo que los pasajeros que acababan de abordar bajaran porque no podía llevarlos. Los hombres que subieron después de mí bajaron rápidamente. Cuando el chofer llegó a mi lugar, lo miré con una mezcla de reproche y súplica. El hombre dudó un instante y luego murmuró

- Usted quédese, señorita

Suspiré aliviada, y le agradecí con una sonrisa coqueta. Mientras me acomodaba de nuevo en mi asiento, agradecí por ser una mujer joven y bonita. Lograba que los hombres fueran indulgentes conmigo en prácticamente cualquier situación. Me percaté de que el autobús aún no se ponía en marcha.

De pronto, un Federal, con cubrebocas y lentes oscuros subió al autobús y se dirigió a mi asiento. Seguramente me habían visto abordar. Lamenté ser una mujer joven y bonita, ya que era difícil pasar desapercibida. Mi cabellera rubia era muy llamativa. Comencé a ponerme nerviosa, pero conservé la calma. Desabroché un botón más a mi blusa, para que el escote fuera más pronunciado y miré al policía seductoramente. Su determinación pareció tambalearse al verme.

- Señorita… ¿usted acaba de abordar el autobús?
- No, oficial – dije, con mi voz más sensual – lo tomé en la central
- ¿Puedo ver su boleto?
- Claro… - respondí, mientras comenzaba a revisar en mi bolsa - ¿cuál es el problema?
- Lo que pasa es que estos autobuses son de primera, no deben subir a más personas que las que se registran en la central. Esto para evitar asaltos y secuestros. Es por la seguridad de los mismos pasajeros.
- Desde luego, entiendo… pero no encuentro mi boleto. Debió irse con la cajetilla de cigarros vacía que tiré antes de abordar

Él me miró unos segundos, dudoso. Aún a través de sus lentes oscuros, pude ver que lanzaba una rápida mirada a mi escote.

- Pero ¿de verdad abordó en la central?
- Sí, en serio
- Está bien, señorita. Que tenga buen viaje

Dio la media vuelta y bajó del autobús. Mientras volvía a abotonar mi blusa, sonreí por la simpleza del sexo masculino. Son tan fáciles de manipular.
El chofer subió y antes de colocarse en su sitio me dirigió una mirada mitad cómplice, mitad de agradecimiento. Si yo hubiera aceptado ante el policía que acababa de abordar el autobús, no sólo me hubieran hecho bajar, sino que lo hubiera metido en un problema por decir que ya habían bajado todos los que acababan de abordar.

El camión arranca y en pocos minutos ya vamos en la carretera. Abro mi maleta y saco mi revólver. Los hombres son tan simples. No pueden imaginar que una mujer joven y bonita también puede asaltar un autobús.

sábado, 16 de enero de 2010

La Propina

Pedrito no podía creerlo. Miró de nuevo el billete mientras subía a la bicicleta. Nunca le habían dado una propina tan generosa. El muchacho que se lo dio no parecía tener mucho dinero. Quizá estaba distraído y no hizo bien sus cuentas cuando le entregó el billete de doscientos pesos y le dijo “quédate con el cambio”, porque la propina era casi la misma cantidad que había pagado por las tortas que Pedro le entregó.

Mientras pedaleaba, emocionado, comenzó a imaginarse todas las cosas que se compraría con lo que acababa de ganar con el sudor de su frente y el cansancio de sus piernas. Quizá ochenta pesos no eran mucho dinero para cualquier persona, pero cuando se tienen nueve años era una verdadera fortuna. Primero, compraría unos churritos con crema, queso y salsa Don Vasco. Más tarde, pasaría por un puesto de revistas y le compraría a su madre su TV y Novelas que tanto le gusta, y que hace tanto que no compra porque el sueldo que gana como sirvienta a duras penas le alcanza para el mandado de la semana.

De repente, su corazón se aceleró al ocurrírsele una idea magnífica: finalmente podría comprar uno de esos helados que venden en el centro, de los que sirven sobre conos recién hechos que hacen que toda la Plaza Ocampo huela como a hot-cakes. Pediría que le pusieran jarabe de chocolate y nueces encima. Jamás había probado uno de esos helados, porque eran demasiado caros, pero toda su vida había querido hacerlo.

Cuando llegó a la lonchería, su tío Roberto lo recibió con la cálida sonrisa que lo caracterizaba. El niño se acercó, ufano, y le extendió el billete. La sonrisa cambió por una mirada confundida.

- Pero si fueron 120 de las tortas y los jugos…

Pedrito esbozó una amplia sonrisa

- El resto es mi propina

Don Roberto lo observó, con desconfianza. Era demasiado dinero para una propina por unas simples tortas. Él era un hombre minuciosamente honrado, pensaba que el dinero era algo demasiado insignificante como para comprometer los valores y la tranquilidad de conciencia de uno. Sospechó que su sobrino le ocultaba algo alrededor de esa propina, y no iba a permitir que en su negocio se llevara a cabo un fraude de ningún tipo.

- ¿Estás seguro de que le dijiste bien al cliente cuánto era de las tortas y los jugos?
- Sí, tío. Ciento veinte pesos…
- Y te dio el billete de doscientos…
- Ajá… y me dijo que me quedara con el cambio
- ¿De verdad? No te dijo que fueras a cambiar el billete…
- Nop. Dijo “quédate con el cambio”.
- Vaya… debió ser una persona muy rica para dar una propina tan generosa

Pedrito titubeó

- Ehhmm… sí! Era un señor de traje y corbata – mintió
Don Roberto lo miró inquisitivamente al notar el leve temblor en la voz del niño
- ¿Y vivía en una casa lujosa?
- ¡Uy! Era casi una mansión

El hombre estuvo seguro entonces de que había gato encerrado. No había ninguna casa lujosa en el rumbo a donde había mandado el pedido. Sabía que había algo extraño en todo aquello, pero tampoco podía estar seguro de que su sobrino se hubiera robado ese dinero. Decidió aplicar una vieja estrategia que siempre le había funcionado para hacer que sus hijos confesaran cuando habían hecho alguna fechoría.

- Mira, Pedrito… más te vale que no me estés diciendo mentiras, porque la deshonestidad es una cosa muy fea. ¿Has oído como habla don Jaime sobre los políticos?
- Sí… dice que son una bola de rateros y corputos
- Corruptos, hijo, se dice corruptos ¿sabes lo que significa que alguien es corrupto?

Pedro negó, con nerviosismo

- Una persona corrupta es alguien sin valores, que sólo ve por sus propios intereses. Es alguien capaz de robar y mentir con tal de tener lo que quiere…

Los ojos grises de don Roberto no dejaban de mirarlo como si tuvieran rayos X. El niño sintió que le temblaban las rodillas

- Esas personas no empiezan en altos puestos y robando millones de pesos al pueblo, no, ellos alguna vez fueron niños, que jugaban y tal vez hasta trabajaban, igual que tú. Pero pronto empezaron a hacer trampas, primero en cosas pequeñas, como copiar en un examen de la escuela o robarse cacahuates cuando iban a la tienda. Así, cada vez fueron robando y engañando con más facilidad, cada vez cosas más grandes, hasta llegar a ser los ladrones y mentirosos que son y que tanto odiamos los ciudadanos honestos. Pero ¿sabes lo que le pasa a la gente así?

Pedrito negó, conteniendo el aliento

- ¡El diablo viene y les jala las patas en la noche y no los deja dormir! Y cuando se mueran, se van a ir al infierno y les van a picar las costillas con hierros calientes para toda la eternidad

Para fortuna del chiquillo, el teléfono sonó y los abrasantes ojos grises de su tío por fin dejaron de escrutar despiadadamente su rostro. El hombre anotó un pedido y colgó.

- Lleva esta orden de tacos a la tienda de la señora Chayito – dijo, al tiempo que empacaba un bulto con una orden de tacos envuelta en papel estraza, y bolsitas con lechuga rallada, crema y salsas. Le estiró el billete de doscientos pesos – pídele que te lo cambie, para darte tu propina – hizo una especie de irónico énfasis en esta última palabra

Pedrito montó su bicicleta, con el paquete de comida amarrado en la canastilla y el billete en el bolsillo de su pantalón de rodillas gastadas. Mientras se dirigía hacia la tienda, se puso a reflexionar sobre lo que su tío le había dicho. Quizá sí había sido deshonesto de su parte recibir tanto dinero por llevar unas tortas. Todas las propinas que le llegaban a dar eran de 5, 10 o 15 pesos.

La vez que recordaba haber recibido más fue un día en que un señor había salido a recibir el pedido, y al verlo, una extraña expresión de tristeza se había reflejado en sus ojos. Detrás del hombre, una hermosa niña rubia asomó la cabeza por la puerta. Pedrito la miró embelesado. Calculó que debía tener la misma edad que él. Parecía un angelito de los que aparecen en las imágenes de la Virgencita que tenía su tía Magda.

El señor se había portado muy raro: le había preguntado a Pedro cuántos años tenía y si ya había desayunado. Después de pagarle el pedido, le había entregado treinta pesos y le había dicho que se cuidara mucho.
Chayito le pagó el dinero exacto por los tacos y le cambió el billete de doscientos por tres de cincuenta y muchas monedas. Pedrito lanzó una mirada anhelante a la canasta donde Chayito ponía las bolsas con churros.

- ¿Quieres unos churritos, m’ijo?

El pequeño dudó

- Sí… pero…
- Tómalos – dijo, con una sonrisa – son tu propina. ¿Quieres que les ponga crema y queso?

Pedrito se sentó en la banqueta a disfrutar del manjar. Comió ceremoniosamente cada churro, saboreándolo con el gusto del antojo contenido desde hacía semanas. Cuando terminó, pedaleó triunfal hacia la lonchería. En el camino, pasó por la calle a la que había llevado el pedido esa mañana. Recordó la mentira que le había dicho a su tío Roberto y se sintió mal.

La imagen del muchacho que le dio el billete, con sus tenis sucios y su playera de Café Tacuba, le hizo volver a preguntarse si el cambio que se había quedado había sido en realidad lo que el muchacho quería darle. Sintió las monedas pesar dentro de su bolsillo, casi quemándole. Trató de consolarse pensando que él no había hecho nada malo, el joven le había dicho que se quedara con el cambio, no era como si le hubiera robado algo, o le hubiera dado mal un cambio para quedarse con la propina. Sin embargo, la imagen del diablo jalándole las patas por la noche lo hizo estremecerse. Apretando los dientes, suspiró y movió el manubrio para entrar en la calle de la casa del muchacho.

Cuando tocó el timbre, salió a abrirle el mismo muchacho atolondrado.

- Hola… oye… ¿te acuerdas que en la mañana te traje unas tortas y unos jugos? – preguntó con timidez
- ¡Sí! – exclamó el joven, repentinamente ansioso
- Me diste un billete de doscientos, ¿edá?
- ¡¡¡Sí!!! No manches, ya sé que te dije que te quedaras el cambio, pero calculé mal lo que me tenían que dar mis compañeros. Soy estudiante de fuera y ese dinero era lo último que me quedaba para regresarme hoy a mi pueblo.

Pedrito suspiró con pesar. Era demasiado pedir que el muchacho le hubiera dicho “claro, te di ochenta pesos de propina, ¿cuál es el problema?” como había estado esperando desde que tomó la decisión que ir a preguntar. Resignado, metió la mano al bolsillo y sacó un billete de cincuenta pesos y seis monedas de a cinco. El muchacho recibió el dinero, conmovido.

- Muchísimas, muchísimas gracias, we. No tienes idea del parotote que me haces.

El niño miró al suelo, intentando corresponder a la sonrisa del joven. Su interior se debatía entre sentirse contento por haber hecho lo correcto o lamentarse por haber perdido la oportunidad de comprar las cosas que siempre había querido.

- Oye, ya sé. Tengo algo para ti. Espérame tantito

El muchacho entró a la casa y dejó la puerta entreabierta. Pedro pudo observar una pequeña y oscura estancia, con un sillón viejo de tapiz manchado y percudido, una grabadora de esas que fueron las primeras con reproductor de CD, y entre un montón de libros y libretas esparcidos sobre una mesita, distinguió los colores chillones de la portada de la revista TV y Novelas.

Cuando el joven regresó, le entregó a Pedro un Cornetto cubierto de escarcha, pero bien empaquetado.

- Lleva un par de semanas en el refri, pero está bueno todavía

Pedro sonrió, emocionado y recibió el helado. El muchacho volvió a darle las gracias efusivamente por haberle devuelto los ochenta pesos y cerró la puerta con una sonrisa. El niño corrió a refugiarse a la sombra de una caseta telefónica y devoró el Cornetto con avidez. No tenía idea de si los aromáticos helados del centro sabrían así, pero esto era lo más delicioso que había probado en toda su vida. Cuando lo terminó, después de lamer la envoltura para quitarle hasta el último residuo de chocolate, subió a su bicicleta y se dirigió a la lonchería.

El tío Roberto estaría orgulloso de él por haber regresado el dinero, y no volvería a decirle que llegaría a convertirse en un político corrupto. Sólo esperaba que el diablo tomara en cuenta su buena acción del día y se hiciera la vista gorda por la TV y Novelas que llevaba escondida bajo la playera.

viernes, 15 de enero de 2010

Mi cuento diario

Anoche se me ocurrió comenzar un proyecto, siguiendo una recomendación de mi maestro de matemáticas de la prepa, Miguel Ángel Rico, uno de los consejos que más han influido en mi vida, porque pusieron en marcha toda la producción literaria que tengo hasta el momento, y espero que ahora pongan en marcha una producción literaria más prolífica.
Rico siempre nos decía "Si quieres hacer algo, hazlo Hoy - ¡Hoy! cómo dice mi cuate Fox - si quieres ser pintor, empieza a pintar HOY!, si quieres ser político, empieza HOY a leer periódicos, a informarte de cómo está el panorama político nacional y mundial; si quieres ser músico, empieza a practicar HOY! La gente muchas veces cree que para realizar sus sueños tienen que esperar a un golpe de suerte, a terminar una carrera, a conseguir un trabajo, a tener dinero... pero casi nadie se da cuenta de que todo depende en realidad de uno, y que no es nada difícil obtener lo que quieres. Sólo es cuestión de empezar a hacer las cosas, volverlas un hábito y poco a poco ir subiendo los escalones para llegar hasta donde quieras llegar."
Ese discurso (que nos echó más o menos dos veces por semana durante los dos años que nos dio clases), fue el que me impulsó a escribir mi primer cuento largo - que yo antes llamaba novela, pero al parecer no lo es - y de ahí me di cuenta de que lo que quería en la vida era ser escritora.
Así que ayer decidí volver a ese impulso y decidí comenzar un proyecto que llamaré "Mi cuento del día", que será escribir todos los días un relato breve inspirado en alguna cosa que haya visto o me haya ocurrido en el transcurso del día y me haya llamado la atención. Puede ser una descripción de lo que ocurrió, o bien, una historia completamente ficticia.
Mi meta es llegar a los 100 cuentos, con lo que tendría que escribir una historia cada día desde ayer, 14 de enero, hasta el día 23 de abril. Hago público este propósito para que sea más formal, ya que a veces me cuesta ser disciplinada, y realmente quiero cambiar eso.
Así que... estarán viendo muchas nuevas entradas por aquí en los próximos meses. No creo publicar todo lo que escriba, pero prometo solemnemente que aquellos que valgan la pena, estarán aquí sin falta.