Los sollozos del niño apenas son audibles, pero me despiertan. Está sentado en la fila de asientos de al lado, junto a la ventana. No debe tener más de cuatro años.
Se tapa la carita con las manos y mientras llora susurra en voz baja “mami… mami”.
Miro alrededor, tratando de identificar algún adulto que pudiera ir con el pequeño. Sólo hay un anciano dormido en las primeras filas y un par de muchachos con pinta de estudiantes dos asientos detrás de mí.
Me acerco a él. “Hola” le digo y él destapa su rostro, mostrando unos preciosos ojitos azules, que me recuerdan de inmediato a Ricardo. “¿Por qué lloras?” le pregunto con ternura. “Mi mamá me dejó” se queja el niño entre sollozos “me subió al autobús, dijo que ahorita venía y se bajó. El autobús arrancó y ella no regresó”.
Vuelve a llorar con renovada fuerza. Le pregunto su nombre y me dice que se llama Miguel. No sabe decirme su apellido. Me doy cuenta de que lleva una mochila y le pido permiso para revisar su interior. Quizá pueda encontrar alguna identificación que me ayude a dar con los padres del pequeño. Pero al abrirla descubro que sólo contiene una sudadera, un sándwich de jamón, un juguito de caja y un libro de cuentos.
Siento un hueco en el estómago ¿y si la madre realmente lo abandonó?, ¿cómo es posible que alguien sea capaz de hacerle algo así a un niño?
“Siempre me decía que si me portaba mal me iba a regalar – cuenta, mientras mira por la ventana, afligido - en la mañana le di un coscorrón a Lupita, de seguro fue por eso. Además, ella siempre quiso tener una niña. Como ya tiene a Lupita, ya no me quiere” apenas podía articular las palabras entre los espasmos que le causaba el llanto. Me cuenta que su papá se fue de la casa cuando su mamá estaba aún embarazada de su hermana, y que se suponía que iban a Lázaro Cárdenas a visitar a su abuela. Le pregunto cómo se llama su abuelita, pero no lo sabe, él sólo la conoce como “Tita”.
Trato de calmarlo. “No llores, Miguelito. Estoy segura de que tu abuelita te está esperando en Lázaro” Él se limpia los mocos con la manga de la camiseta “¿siii?” pregunta esperanzado “¡Claro! Y tú mamá seguramente te alcanzará más tarde.” “Entonces ¿no me abandonó?”. “¿Cómo se te ocurre que alguien va a abandonar a un niño tan bonito como tú?” digo con dulzura, al tiempo que limpio una lágrima de su mejilla pecosa. Por fin, el niño sonríe, aliviado, y mira por la ventana. Lo observo con detenimiento.
En cuanto llegue, intentaré localizar a la madre o a la abuela del pequeño, quizá lo estén buscando.
¿Pero si no aparecen?, ¿si de verdad su madre quería abandonarlo?
Alguien tendrá que hacerse cargo de él. ¿Qué debo hacer? Lo más correcto sería reportarlo al DIF, pero ¿entonces qué? Lo llevarán a alguna casa hogar, donde estará con un montón de niños huérfanos esperando a que algún día alguien lo adopte y con la incurable tristeza de saber que su mamá no lo quiso.
De pronto, una idea cruza mi mente. Si no encuentro a su madre, quizá pueda adoptarlo. Registrarlo como mi hijo, darle mis apellidos y criarlo como si fuera mío. Una descarga de adrenalina corre por mi cuerpo. Pensar en la responsabilidad de tener un hijo me atemoriza: aún me siento muy joven para ello. Pero a la vez, me emociona. Quizá era un regalo que el cielo me está enviando. Después de todo, es probable que yo nunca pueda tener hijos propios.
Ricardo incluso terminó conmigo por eso. Los doctores ni siquiera están del todo seguros de mi infertilidad, pero él decidió que no quería arriesgarse. Ambos terminamos la universidad hace unos meses, y él dice que quiere casarse lo antes posible, porque su mayor sueño es tener hijos siendo aún joven. Ni hablar. Tanto en la edad de Piedra como en la actualidad, el instinto de preservación de la especie es lo que sigue determinando la elección de pareja de los seres humanos, supuestamente la especie más evolucionada y racional. Si no eres una hembra apta para darle descendencia al macho, eres descartada, aunque lleves cinco años siendo una novia fiel y cariñosa.
Todavía me duele mucho la ruptura. En verdad creía que él era el hombre con el que compartiría mi vida. Pero, hasta cierto punto, me alegro de haber terminado con él. Con esa mentalidad machista y retrógrada, era probable que una vez casados, nunca me dejara trabajar, y yo no estuve en la universidad cinco años matándome estudiando para terminar encerrada en casa cuidando hijos.
A la semana de haber terminado con él, empaqué mi maleta y decidí mudarme a Lázaro Cárdenas. Mi prima Mónica, quien trabaja como asistente de un fotógrafo, me permitirá quedarme un tiempo en su casa, mientras consigo un empleo. Dependiendo de cómo me sienta viviendo con ella, quizá me quede y compartamos gastos.
Aún no sé con exactitud qué será de mi vida allá. Siempre he querido vivir en la costa. Yo sé que no voy a poder ir a diario a asolearme a la playa, pero aún así me emociona la idea de ver el mar todos los días en mi trayecto de la casa al trabajo, de sentir siempre el clima cálido y tropical, el ir los fines de semana a nadar...
Además, será la primera vez que viviré por mi cuenta, ganando mi propio dinero, sin contar con el apoyo económico de mis padres. Es una aventura que siempre había querido vivir, y ahora que terminé con Ricardo soy totalmente libre, así que es el momento preciso para ello.
Sin embargo, ahora que encontré a Miguelito ya no sé qué voy a hacer. ¿Y si de verdad Dios lo mandó a mí para darme la oportunidad de ser la madre amorosa que él necesita? Lo miro con detenimiento. Se ha quedado dormido. Es un niño precioso.
Podría decir que es hijo mío y cualquiera que no me haya visto en los últimos 4 años, me lo creerá. ¿Qué dirían mis padres? Creo que estarían contentos de tener un nieto, pero necesito primero encontrar un buen trabajo para poder mantenerme a mí y al niño para que sepan que mis deseos de ser madre son genuinos y quiero hacerlo bien, haciéndome responsable por mi decisión de adoptar al pequeño.
No obstante, ser madre soltera es algo sumamente difícil. Casi nadie lo es por elección. La mamá de Miguelito lo es también, pues su padre los abandonó. Quizá la pesada carga de sacar adelante a dos hijos sola fuera una de las razones que hicieron que decidiera abandonarlo. ¿Por qué elegir meterme en ese embrollo si no es un hijo mío?
Aunque no tengo que hacerlo sola necesariamente. Quizá pueda llamar a Ricardo y contarle lo que me ocurrió. ¿Y si lo adoptáramos entre los dos? Él cumpliría su sueño de tener un hijo, aunque no sea biológico. De todos modos, se parece un poco a mí, con su piel tan blanca y el cabello oscuro y rizado, y tiene los ojos de Ricardo. Incluso, si lo pienso bien, es demasiada coincidencia que encontrara a un niño abandonado que parece un hijo de Ricardo y mío. Soy una persona que cree en las señales divinas. Quizá Miguelito llegó a mi vida porque yo soy quien debe cuidarlo. Ricardo y yo debemos ser sus papás.
De pronto, el niño despierta y vuelve a llorar. “¿Qué pasa, corazón?” le pregunto. “Extraño a mi mami”. Busco una manera de distraerlo. “Te leeré un cuento” digo, sacando el libro que lleva en su mochila. Comienzo a leer y Miguel empieza a seguir mi lectura. Lo observo sorprendida. “¿Ya sabes leer?” pregunto “No” responde “y ¿cómo es que estás leyendo conmigo?”, “me lo sé de memoria” Me doy cuenta de que el niño reconoce exactamente qué frases van en cada página gracias a las ilustraciones, y se sabe todo el relato, palabra por palabra. Fascinante. Además de ser un niño lindísimo, es inteligente. Tal y como siempre soñé que fuera un hijo mío.
Sigo leyendo, pero al poco rato, termino los cinco cuentos cortos que tiene el libro y aún falta mucho rato para que lleguemos a nuestro destino. Necesito encontrar una manera de distraerlo antes de que se vuelva a poner triste.
“Oye, Miguelito… ¿te gustaría aprender a leer, para que puedas saber qué dicen todos los libros y no sólo éste?” La idea le emociona “¡SI! Ya no tendría que esperar a que mi mamá tenga tiempo de leerme cuentos”
Ya que se sabe de memoria los títulos de los cuentos del libro, decido empezar a enseñarle con ellos. “Ésta es la letra A. Es la primera del abecedario. Aquí está con otra letra, la “l”, que es como un palito. Aquí dice “La”” “La bruja pelona” completa él. “¿Entonces aquí dice bruja?” “así es, puedes ver que es una palabra más larga, porque tiene dos sílabas: bru-ja. Ésta es la letra “b”, ésta es la “r”…”
Cuando llegamos a Lázaro Cárdenas, el niño ya sabe distinguir varias palabras y se ha aprendido una parte del abecedario. Le prometo que mientras esperamos a que su mamá venga a buscarlo le enseñaré también a escribir.
“¿Tú tienes hijos, Rosy?” me pregunta cuando el autobús se detiene. “No. No tengo. Tú eres muy inteligente y bien portado ¿no quieres ser mi hijo?” digo, riendo. El niño se ríe también y toma su mochila.
Empiezo preguntarme qué hará Mónica cuando me vea llegar con un niño. Desde luego, comenzaré a buscar un departamento dónde vivir sola con Miguelito. Mónica no tiene por qué aceptar responsabilidades que no le corresponden. Aunque claro, a mí tampoco me corresponde, pero he tomado mi decisión. Voy a adoptar al niño.
Antes de bajar del autobús, pregunto al chofer si la madre de Miguelito le dio alguna instrucción sobre qué hacer con el pequeño al llegar. “No - responde, ceñudo – sólo vi que se bajó y no volvió a subirse…” “¡¡¡Ahí está mi Tita!!!” exclama de pronto el niño. Miro al andén y veo a una anciana con gesto amable, que busca algo en su bolso. El chofer y yo nos sonreímos, aliviados. Miguelito y yo bajamos del autobús y nos dirigimos a la anciana mujer. Ella no nos mira.
“Miguelito… ¿seguro que es tu Tita?” pregunto, mientras veo que la mujer se forma en la fila para abordar un autobús.
Cuando estamos a un par de metros, ella observa a Miguelito unos segundos y sonríe. “Hola, chiquito” le dice. Luego me mira y dice “qué bonito hijo tiene”. Comprendo que no es la persona que buscamos. El niño vuelve a llorar.
Rápidamente saco mi celular y finjo que contesto una llamada. “¿Bueno? Ah sí, ¿cómo le va?... ¿Miguelito? Está aquí conmigo. Muy bien, entiendo. Claro que sí, yo lo cuidaré bien” Hago como que cuelgo.
El pequeño me mira, expectante. “Me habló tu mamá. Dijo que todavía está en Uruapan, que tuvo que hacer unas cosas y no pudo venir todavía, pero me pidió que te cuide en lo que ella llega. Te mandó decir que te quiere mucho y que te portes bien en lo que viene por ti”.
Su carita se ilumina. “¿Cómo ves, Miguelito? Te vas a quedar en mi casa un tiempo. En la tarde te voy a llevar a que conozcas el mar y podemos ir por un helado” “¡Sí! – responde emocionado – pero primero tienes que enseñarme a escribir”
Lo tomo de la mano y nos dirigimos a la salida de la central de autobuses. Nerviosa, pienso en el giro que acaba de dar mi vida en sólo un par de horas. ¡Voy a adoptar a un niño! Voy a hacer lo que sea necesario para que este chiquito tenga una vida grandiosa, voy a trabajar muy duro. Si Ricardo vuelve a mí y los dos podemos ser sus padres, será genial. Si no, de todas maneras me esforzaré por ser la mejor mamá del mundo.
Al pasar por la taquilla, el pequeño señala a otra anciana. “Rosy... creo que ésa sí es mi Tita” Miro a la mujer, que hablacon el encargado de la taquilla. Nos acercamos, y tan pronto nos ve, corre hacia nosotros y abraza al niño.
“Miguelito. Gracias a Dios. ¡Creí que no te encontraría!” exclama, llorando. “No te preocupes, Tita. Rosy me cuidó muy bien.” responde él
La mujer me da las gracias efusivamente. Me dice que la madre de Miguelito dejó al niño y el equipaje en el autobús, y bajó rápidamente para ir a la tienda de la central a comprar una papilla para dar de comer a la bebé. Cuando volvió al andén, el autobús había arrancado. Al ser una línea económica, la gente de la terminal no tenía manera de comunicarse con el chofer del autobús, y no hay mucho control de las personas que suben o bajan en cada pueblo. Las dos mujeres estaban aterradas de que alguien hubiera podido robarse al niño.
Habiendo aclarado el asunto, me arrodillo para despedirme de Miguelito. Tengo un nudo en la garganta. Me siento aliviada de haber encontrado a la abuelita del pequeño, pero no puedo evitar sentir una produnda tristeza. El niño se acerca a mí y se despide con un beso en la mejilla. Me da las gracias por haberlo cuidado y por enseñarle a leer. De pronto, me susurra muy bajito al oído. “No estés triste, Rosy. Vas a ser una excelente mamá” lo miro, sorprendida por sus palabras, y en sus ojos brilla un extraño destello. Le da la mano a su abuelita y ambos se alejan, sonrientes.
Camino cargando mi maleta hasta la parada de autobuses. Las palabras de Miguelito siguen resonando en mi cabeza. Su voz fue serena y tranquila, más como la de un ángel que como la de un niño.
Tomo el autobús para dirigirme a casa de Mónica y comenzar mi nueva vida, con una sonrisa en el rostro y el corazón contento. Quizá alguien está diciéndome que no debo preocuparme, que cuando llegue el momento tendré la oportunidad de tener mis propios hijos. Soy una persona que cree en las señales divinas.
jueves, 18 de febrero de 2010
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