martes, 26 de enero de 2010

16 de enero

Los niños no paraban de reír. Leonardo, impotente, buscaba la manera correcta de reaccionar. Su ropa empezaba a gotear. El enorme globo con agua se había estrellado contra el pizarrón, empapándolo por completo

- Toño… ve a la dirección – dijo, intentando que su voz sonara autoritaria
- Maestro, no fue mi intención – respondió el niño, intentando contener la risa – el globo era para Pablo…
- ¡Vas a ver! – respondió Pablo, saliendo de debajo del escritorio, donde había alcanzado a esconder para protegerse

La directora marcó el teléfono, mirando a Toño con rostro ceñudo

- Señora, necesito que venga a la escuela para hablar con el maestro de Toño. Sí, cometió una falta grave. Estamos conscientes de la situación, pero debe comprender que no podemos permitir que el niño haga maldades sin ninguna consecuencia. Debe venir a hablar con el maestro para que entre ambos decidan el castigo que se le impondrá.

Leonardo esperó con nerviosismo la cita. Apenas era su primer año como maestro de primaria y le estaba siendo difícil ganarse el respeto de los chavales. Lo ocurrido con Toño le costaría bastante tiempo de burlas y risitas contenidas entre los alumnos. Lamentó no haber seguido dando clases en la universidad. Ahí jamás tenía que hablar con los padres de los estudiantes. Era la primera vez que citaba a la madre de un alumno y no estaba seguro de qué era lo que debía decir.

De pronto, al mirar a la puerta, la vio. Tan hermosa como la primera vez que la había visto, también al entrar por la puerta de un salón de clases.

- ¿Claudia? – exclamó, sintiendo que su corazón se detenía. Ella lo miró unos segundos, antes de que su rostro se iluminara
- ¿Leonardo? ¡Vaya, eres tú! Qué sorpresa…

Sin reflexionar, se abrazaron con fuerza y permanecieron así unos instantes, reconociéndose, volviendo a aspirar el olor de la piel del otro, sintiendo el mismo calor que cuando se abrazaban hacía quince años.

- Jamás imaginé que Toño fuera tu hijo… es decir, López es un apellido tan frecuente que… no puedo creerlo… ¡tienes un hijo de ocho años!
- Sí… me embaracé poco antes de terminar la universidad. No es lo más inteligente que he hecho en mi vida, pero no me arrepiento de ello ni un solo instante. Tener a Toñito ha sido lo mejor que me ha pasado…
- Claro… - respondió, dudoso, al tiempo que palpaba la manga aún húmeda de su camisa.
- Pero, cuéntame ¿Qué haces aquí en Guadalajara?
- Oh, hace años que vivo aquí. Me mudé al entrar a la universidad
Claudia lo miró, estupefacta. Había dejado de respirar. Leonardo sintió un nudo en la garganta y agachó la mirada.
- ¿Hace más de diez años que te mudaste y nunca me llamaste?
- Quise hacerlo, pero… - no pudo terminar la frase

No encontró las palabras para explicar que lo más doloroso que le había pasado en su adolescencia había sido el separarse de ella. Odió a sus padres por haber decidido irse de La Piedad para buscar un mejor futuro en Guadalajara. Odió a Claudia por aceptarlo tan resignada y sólo decirle “no te preocupes. En un par de años entrarás a la universidad y me alcanzarás allá”. Ella en realidad estaba contenta por mudarse. Un noviazgo adolescente no podía compararse con las bondades de la gran ciudad: ahora podría aprender a patinar sobre hielo e ir a los centros comerciales cada fin de semana. Ahora iría a una escuela mejor y haría nuevos amigos, más interesantes que su novio pueblerino.

Leonardo pasó meses enteros llorando. Su padre lo reprendía severamente “es de maricones estar llorando por una vieja”. La primera carta de Claudia llegó una semana después de que se fue. Le decía que lo extrañaba y que estaba muy triste por no verlo. Él le respondió intentando no agobiarla con su tragedia, diciendo parcamente que las cosas ya no eran lo mismo sin ella. En la segunda carta, una semana después, Claudia parecía más resignada a su nueva vida. Incluso emocionada. Le habló de su nueva escuela, de su nueva casa. “Desearía que estuvieras aquí”, “Ven a visitarme algún día” no se asemejaban a la falta de aire que él experimentaba por su ausencia.

Dejó de responder a sus cartas. Al principio ella insistió. “¿Qué pasa, Leo? Acaso ya te olvidaste de mí?”. Olvidarla. ¡Si tan sólo hubiera podido pasar un solo minuto sin pensar en ella! No podía dormir por las noches por estar recordando todos los momentos que habían pasado juntos, pensando en su cabello negro, sus ojos grandes y verdes…

Cada semana, Leonardo buscaba esperanzado entre la correspondencia y sentía un estremecimiento en la boca del estómago cuando descubría el sobre blanco con la caligrafía pequeña y ordenada. Aunque nunca respondiera, guardaba todas y cada una de las cartas que recibía.

La correspondencia se fue volviendo cada vez más esporádica, hasta que las cartas dejaron de llegar. Leonardo sintió una especie de alivio masoquista. Finalmente, ella se había olvidado por completo de él, como habría de ocurrir inevitablemente.

Muchas veces luchó con la tentación de llamarle al teléfono que ella le había dado en cada carta que le había enviado. Pero no podía hacerlo. Mientras no hablara con ella ni recibiera sus cartas, podría fingir que ella nunca había existido. Pero si escuchaba su voz, la realidad de su ausencia se haría inminente, y sentía que podría morirse del dolor.

Poco a poco, fue dejando de pensar en ella todos los días. Fue acostumbrándose a su ausencia. Llegó un momento en que ya ni siquiera recordaba con claridad su rostro. Y finalmente, cuando estaba en el último año de prepa, había conocido a Daniela.

Ella había sido una bocanada de aire puro en medio de ese encierro en el que había vivido durante dos años, desde que Claudia se fue. Había llegado a su vida sin pedir permiso, acercándose a él a pesar de sus barreras para decirle, sin rodeos “Me encantas”.

En ese momento fue como si se rompiera un hechizo. Los meses siguientes fueron completamente maravillosos. Cuando terminaron la prepa, ambos se mudaron a Guadalajara para entrar a la universidad.

Era por ello que no había llamado a Claudia, aunque la distancia que los había separado en primer lugar ya no existiera. Ahora estaba con Daniela y era muy feliz.

Un par de años después, la rutina y otros vicios fueron mermando la relación entre ellos, hasta que ambos decidieron terminar. Leonardo se preguntó por qué no sentía el dolor insoportable que había sentido al separarse de Claudia. Le pareció increíble que en sólo unos meses ella hubiera logrado que su presencia fuera tan necesaria como el agua para él, mientras que los tres años al lado de Daniela quedaron en el pasado rápidamente.

¿Sería que ésa era la manera de saber cuánto amas a alguien, por el grado de dolor que te provoca dejarlo ir?, entonces, ¿había amado más a Claudia que a Daniela? No lo creía, con Daniela había vivido momentos fantásticos: su primera vez, el dormir abrazando a alguien, el saber lo que era hacer planes para el futuro…

Pensó que quizá simplemente, al perder a Claudia había llorado todo lo que le correspondía llorar en su vida, y ya no le habían quedado lágrimas para llorar a Daniela.

Unos meses más tarde, se había ido de intercambio un año a Inglaterra. Allá había vivido experiencias nuevas y conocido a tantas mujeres hermosas, que olvidó por completo la idea de llamar a Claudia para saber qué había sido de su vida. Tenía muchas cosas nuevas por vivir y mucha gente por conocer. No debía mirar atrás.

- Y tú… ¿te casaste? – preguntó Claudia, rompiendo el largo e incómodo silencio
- No… viví un tiempo con alguien. Hace tres años que nos separamos. Mi hija cumplirá cuatro la próxima semana…
Le mostró una fotografía de una hermosa nena con la piel blanca como porcelana y bellos ojos negros y almendrados
- ¡Qué linda! Tiene tus ojos… - dijo, sonriendo - ¿cómo se llama?
- Claudia…

Ella lo miró intensamente, boquiabierta. Él recapacitó rápidamente

- Es que así se llama mi sueg… la mamá de Sandra. La abuela materna de la niña
- Oh… vaya… felicidades, es preciosa
- Sí… lo es…
- Bueno, hablemos sobre Toño
- Oh, sí… - respondió, guardando la fotografía en su cartera, con dedos temblorosos – se ha portado muy mal los últimos días
- Lo sé. Está molesto porque su padre y yo acabamos de divorciarnos
Leonardo parpadeó
- ¿Te divorciaste?
- Así es. El desgraciado se acostaba con una de sus compañeras de trabajo. Cuando me di cuenta lo mandé al carajo
- Vaya… siento escuchar eso. ¿Estás bien?
- Sorprendentemente bien. Creo que esto me hizo darme cuenta de lo infeliz que era a su lado. Me siento hasta liberada, con ganas de rehacer mi vida y de darme la oportunidad de ser realmente feliz

Se miraron a los ojos durante un instante. Claudia carraspeó y miró el reloj

- Hagamos esto. Suspende a Toño un día de clases. Yo le castigaré su Play Station y hablaré con él para que recapacite sobre su conducta ¿te parece bien?
- Sí… está bien… - dijo Leonardo, tartamudeando
- Bueno. Debo irme. Tengo mucho trabajo. Me dio mucho gusto verte, Leo…
- A mí también…

Ella se despidió con un breve beso en la mejilla y caminó hacia la puerta. Se movía con la misma gracia que a sus quince años. Llevaba una falda que le llegaba debajo de la rodilla, dejando ver sus torneadas pantorrillas.

- Claudia … - musitó Leonardo

Ella se detuvo y dio la media vuelta, con una leve sonrisa

- Hay junta de papás la próxima semana – dijo él, titubeante – El viernes a las seis

La sonrisa desapareció de su rostro

- Oh… bien… ahí estaré…

Levantó la mano en señal de despedida y volvió a caminar hacia la puerta del salón. Leonardo sentía que su corazón saltaba furioso dentro de su pecho, su cara estaba totalmente roja y de pronto, las palabras lograron salir de su boca sin amontonarse

- ¿Te gustaría ir a tomar un café después de la junta?

Claudia se detuvo en el umbral de la puerta y tardó un instante en volver la cabeza. Cuando lo hizo, su rostro estaba levemente sonrojado

- Claro… me encantaría…

Esbozó una enorme sonrisa y en sus ojos brilló la misma chispa de coquetería que lo había embrujado sin remedio el día en que Leo se había armado de valor y le había pedido que fuera su primera novia.

Cuando salió del salón, Leonardo permaneció un largo rato recargado en el escritorio y mirando a la puerta, con el corazón aún latiendo acelerado y con una extraña sensación hacía tiempo olvidada de mariposas en el estómago.

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