Miré el reloj con impaciencia. El autobús estaba tardando demasiado. Normalmente no tenía que esperar más de cinco minutos para abordar. Era por eso que prefería tomarlo en el fraccionamiento Xangari, a las afueras de Morelia, donde sólo se detenían unos minutos a subir pasajeros antes de tomar carretera hacia Uruapan, en lugar de ir hasta la central. Eso implicaba tener que viajar en guajoloteros que se iban parando en cada pueblo, tenencia y ranchería que había en el camino, pero hacían casi el mismo tiempo que el servicio de primera y eran mucho más baratos.
En eso, vi que se acercaba un autobús que decía “Uruapan”, pero de inmediato me di cuenta de que era un Primera Plus y suspiré. Esos no se detenían en Xangari.
Observé el cielo y vi que el viento movía rápidamente unas grises y espesas nubes. No tardaría en empezar a llover.
De pronto, una voz me sacó de mis pensamientos: “Uruapan directo. Uruapan sin escalas”. Vi a uno de los señores que cantan las corridas parado junto al Primera Plus, que tenía su puerta abierta. Rápidamente tomé mi maleta y subí al autobús. El chofer me cobró cien pesos, veinte menos de lo que cuesta en la central. Desde luego, no me dio ningún boleto, y caí en cuenta de que aquella parada era una transacción corrupta del chofer, quien llenaba los asientos que le quedaban vacíos, cobraba los pasajes y se quedaba con ese dinero.
Me dirigí a un asiento vacío al fondo del autobús, donde me senté cómodamente en los asientos reclinables, infinitamente superiores a los de los guajoloteros. Vi que un par de hombres más subían al autobús. Cuando el motor había vuelto a encenderse, vi por la ventanilla que un Federal de Caminos se acercaba al autobús y le hacía señas al chofer de que se detuviera. Pasaron unos minutos y ya no eran uno, sino tres los policías que rodeaban el autobús.
Tras unos minutos, el chofer abrió la compuerta y fue por el pasillo pidiendo que los pasajeros que acababan de abordar bajaran porque no podía llevarlos. Los hombres que subieron después de mí bajaron rápidamente. Cuando el chofer llegó a mi lugar, lo miré con una mezcla de reproche y súplica. El hombre dudó un instante y luego murmuró
- Usted quédese, señorita
Suspiré aliviada, y le agradecí con una sonrisa coqueta. Mientras me acomodaba de nuevo en mi asiento, agradecí por ser una mujer joven y bonita. Lograba que los hombres fueran indulgentes conmigo en prácticamente cualquier situación. Me percaté de que el autobús aún no se ponía en marcha.
De pronto, un Federal, con cubrebocas y lentes oscuros subió al autobús y se dirigió a mi asiento. Seguramente me habían visto abordar. Lamenté ser una mujer joven y bonita, ya que era difícil pasar desapercibida. Mi cabellera rubia era muy llamativa. Comencé a ponerme nerviosa, pero conservé la calma. Desabroché un botón más a mi blusa, para que el escote fuera más pronunciado y miré al policía seductoramente. Su determinación pareció tambalearse al verme.
- Señorita… ¿usted acaba de abordar el autobús?
- No, oficial – dije, con mi voz más sensual – lo tomé en la central
- ¿Puedo ver su boleto?
- Claro… - respondí, mientras comenzaba a revisar en mi bolsa - ¿cuál es el problema?
- Lo que pasa es que estos autobuses son de primera, no deben subir a más personas que las que se registran en la central. Esto para evitar asaltos y secuestros. Es por la seguridad de los mismos pasajeros.
- Desde luego, entiendo… pero no encuentro mi boleto. Debió irse con la cajetilla de cigarros vacía que tiré antes de abordar
Él me miró unos segundos, dudoso. Aún a través de sus lentes oscuros, pude ver que lanzaba una rápida mirada a mi escote.
- Pero ¿de verdad abordó en la central?
- Sí, en serio
- Está bien, señorita. Que tenga buen viaje
Dio la media vuelta y bajó del autobús. Mientras volvía a abotonar mi blusa, sonreí por la simpleza del sexo masculino. Son tan fáciles de manipular.
El chofer subió y antes de colocarse en su sitio me dirigió una mirada mitad cómplice, mitad de agradecimiento. Si yo hubiera aceptado ante el policía que acababa de abordar el autobús, no sólo me hubieran hecho bajar, sino que lo hubiera metido en un problema por decir que ya habían bajado todos los que acababan de abordar.
El camión arranca y en pocos minutos ya vamos en la carretera. Abro mi maleta y saco mi revólver. Los hombres son tan simples. No pueden imaginar que una mujer joven y bonita también puede asaltar un autobús.
martes, 26 de enero de 2010
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Como siempre, me encanta la manera en que puedes crear en tan poco espacio una historia interesante, divertida, con una chispa característica... Un abrazo.
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