Pedrito no podía creerlo. Miró de nuevo el billete mientras subía a la bicicleta. Nunca le habían dado una propina tan generosa. El muchacho que se lo dio no parecía tener mucho dinero. Quizá estaba distraído y no hizo bien sus cuentas cuando le entregó el billete de doscientos pesos y le dijo “quédate con el cambio”, porque la propina era casi la misma cantidad que había pagado por las tortas que Pedro le entregó.
Mientras pedaleaba, emocionado, comenzó a imaginarse todas las cosas que se compraría con lo que acababa de ganar con el sudor de su frente y el cansancio de sus piernas. Quizá ochenta pesos no eran mucho dinero para cualquier persona, pero cuando se tienen nueve años era una verdadera fortuna. Primero, compraría unos churritos con crema, queso y salsa Don Vasco. Más tarde, pasaría por un puesto de revistas y le compraría a su madre su TV y Novelas que tanto le gusta, y que hace tanto que no compra porque el sueldo que gana como sirvienta a duras penas le alcanza para el mandado de la semana.
De repente, su corazón se aceleró al ocurrírsele una idea magnífica: finalmente podría comprar uno de esos helados que venden en el centro, de los que sirven sobre conos recién hechos que hacen que toda la Plaza Ocampo huela como a hot-cakes. Pediría que le pusieran jarabe de chocolate y nueces encima. Jamás había probado uno de esos helados, porque eran demasiado caros, pero toda su vida había querido hacerlo.
Cuando llegó a la lonchería, su tío Roberto lo recibió con la cálida sonrisa que lo caracterizaba. El niño se acercó, ufano, y le extendió el billete. La sonrisa cambió por una mirada confundida.
- Pero si fueron 120 de las tortas y los jugos…
Pedrito esbozó una amplia sonrisa
- El resto es mi propina
Don Roberto lo observó, con desconfianza. Era demasiado dinero para una propina por unas simples tortas. Él era un hombre minuciosamente honrado, pensaba que el dinero era algo demasiado insignificante como para comprometer los valores y la tranquilidad de conciencia de uno. Sospechó que su sobrino le ocultaba algo alrededor de esa propina, y no iba a permitir que en su negocio se llevara a cabo un fraude de ningún tipo.
- ¿Estás seguro de que le dijiste bien al cliente cuánto era de las tortas y los jugos?
- Sí, tío. Ciento veinte pesos…
- Y te dio el billete de doscientos…
- Ajá… y me dijo que me quedara con el cambio
- ¿De verdad? No te dijo que fueras a cambiar el billete…
- Nop. Dijo “quédate con el cambio”.
- Vaya… debió ser una persona muy rica para dar una propina tan generosa
Pedrito titubeó
- Ehhmm… sí! Era un señor de traje y corbata – mintió
Don Roberto lo miró inquisitivamente al notar el leve temblor en la voz del niño
- ¿Y vivía en una casa lujosa?
- ¡Uy! Era casi una mansión
El hombre estuvo seguro entonces de que había gato encerrado. No había ninguna casa lujosa en el rumbo a donde había mandado el pedido. Sabía que había algo extraño en todo aquello, pero tampoco podía estar seguro de que su sobrino se hubiera robado ese dinero. Decidió aplicar una vieja estrategia que siempre le había funcionado para hacer que sus hijos confesaran cuando habían hecho alguna fechoría.
- Mira, Pedrito… más te vale que no me estés diciendo mentiras, porque la deshonestidad es una cosa muy fea. ¿Has oído como habla don Jaime sobre los políticos?
- Sí… dice que son una bola de rateros y corputos
- Corruptos, hijo, se dice corruptos ¿sabes lo que significa que alguien es corrupto?
Pedro negó, con nerviosismo
- Una persona corrupta es alguien sin valores, que sólo ve por sus propios intereses. Es alguien capaz de robar y mentir con tal de tener lo que quiere…
Los ojos grises de don Roberto no dejaban de mirarlo como si tuvieran rayos X. El niño sintió que le temblaban las rodillas
- Esas personas no empiezan en altos puestos y robando millones de pesos al pueblo, no, ellos alguna vez fueron niños, que jugaban y tal vez hasta trabajaban, igual que tú. Pero pronto empezaron a hacer trampas, primero en cosas pequeñas, como copiar en un examen de la escuela o robarse cacahuates cuando iban a la tienda. Así, cada vez fueron robando y engañando con más facilidad, cada vez cosas más grandes, hasta llegar a ser los ladrones y mentirosos que son y que tanto odiamos los ciudadanos honestos. Pero ¿sabes lo que le pasa a la gente así?
Pedrito negó, conteniendo el aliento
- ¡El diablo viene y les jala las patas en la noche y no los deja dormir! Y cuando se mueran, se van a ir al infierno y les van a picar las costillas con hierros calientes para toda la eternidad
Para fortuna del chiquillo, el teléfono sonó y los abrasantes ojos grises de su tío por fin dejaron de escrutar despiadadamente su rostro. El hombre anotó un pedido y colgó.
- Lleva esta orden de tacos a la tienda de la señora Chayito – dijo, al tiempo que empacaba un bulto con una orden de tacos envuelta en papel estraza, y bolsitas con lechuga rallada, crema y salsas. Le estiró el billete de doscientos pesos – pídele que te lo cambie, para darte tu propina – hizo una especie de irónico énfasis en esta última palabra
Pedrito montó su bicicleta, con el paquete de comida amarrado en la canastilla y el billete en el bolsillo de su pantalón de rodillas gastadas. Mientras se dirigía hacia la tienda, se puso a reflexionar sobre lo que su tío le había dicho. Quizá sí había sido deshonesto de su parte recibir tanto dinero por llevar unas tortas. Todas las propinas que le llegaban a dar eran de 5, 10 o 15 pesos.
La vez que recordaba haber recibido más fue un día en que un señor había salido a recibir el pedido, y al verlo, una extraña expresión de tristeza se había reflejado en sus ojos. Detrás del hombre, una hermosa niña rubia asomó la cabeza por la puerta. Pedrito la miró embelesado. Calculó que debía tener la misma edad que él. Parecía un angelito de los que aparecen en las imágenes de la Virgencita que tenía su tía Magda.
El señor se había portado muy raro: le había preguntado a Pedro cuántos años tenía y si ya había desayunado. Después de pagarle el pedido, le había entregado treinta pesos y le había dicho que se cuidara mucho.
Chayito le pagó el dinero exacto por los tacos y le cambió el billete de doscientos por tres de cincuenta y muchas monedas. Pedrito lanzó una mirada anhelante a la canasta donde Chayito ponía las bolsas con churros.
- ¿Quieres unos churritos, m’ijo?
El pequeño dudó
- Sí… pero…
- Tómalos – dijo, con una sonrisa – son tu propina. ¿Quieres que les ponga crema y queso?
Pedrito se sentó en la banqueta a disfrutar del manjar. Comió ceremoniosamente cada churro, saboreándolo con el gusto del antojo contenido desde hacía semanas. Cuando terminó, pedaleó triunfal hacia la lonchería. En el camino, pasó por la calle a la que había llevado el pedido esa mañana. Recordó la mentira que le había dicho a su tío Roberto y se sintió mal.
La imagen del muchacho que le dio el billete, con sus tenis sucios y su playera de Café Tacuba, le hizo volver a preguntarse si el cambio que se había quedado había sido en realidad lo que el muchacho quería darle. Sintió las monedas pesar dentro de su bolsillo, casi quemándole. Trató de consolarse pensando que él no había hecho nada malo, el joven le había dicho que se quedara con el cambio, no era como si le hubiera robado algo, o le hubiera dado mal un cambio para quedarse con la propina. Sin embargo, la imagen del diablo jalándole las patas por la noche lo hizo estremecerse. Apretando los dientes, suspiró y movió el manubrio para entrar en la calle de la casa del muchacho.
Cuando tocó el timbre, salió a abrirle el mismo muchacho atolondrado.
- Hola… oye… ¿te acuerdas que en la mañana te traje unas tortas y unos jugos? – preguntó con timidez
- ¡Sí! – exclamó el joven, repentinamente ansioso
- Me diste un billete de doscientos, ¿edá?
- ¡¡¡Sí!!! No manches, ya sé que te dije que te quedaras el cambio, pero calculé mal lo que me tenían que dar mis compañeros. Soy estudiante de fuera y ese dinero era lo último que me quedaba para regresarme hoy a mi pueblo.
Pedrito suspiró con pesar. Era demasiado pedir que el muchacho le hubiera dicho “claro, te di ochenta pesos de propina, ¿cuál es el problema?” como había estado esperando desde que tomó la decisión que ir a preguntar. Resignado, metió la mano al bolsillo y sacó un billete de cincuenta pesos y seis monedas de a cinco. El muchacho recibió el dinero, conmovido.
- Muchísimas, muchísimas gracias, we. No tienes idea del parotote que me haces.
El niño miró al suelo, intentando corresponder a la sonrisa del joven. Su interior se debatía entre sentirse contento por haber hecho lo correcto o lamentarse por haber perdido la oportunidad de comprar las cosas que siempre había querido.
- Oye, ya sé. Tengo algo para ti. Espérame tantito
El muchacho entró a la casa y dejó la puerta entreabierta. Pedro pudo observar una pequeña y oscura estancia, con un sillón viejo de tapiz manchado y percudido, una grabadora de esas que fueron las primeras con reproductor de CD, y entre un montón de libros y libretas esparcidos sobre una mesita, distinguió los colores chillones de la portada de la revista TV y Novelas.
Cuando el joven regresó, le entregó a Pedro un Cornetto cubierto de escarcha, pero bien empaquetado.
- Lleva un par de semanas en el refri, pero está bueno todavía
Pedro sonrió, emocionado y recibió el helado. El muchacho volvió a darle las gracias efusivamente por haberle devuelto los ochenta pesos y cerró la puerta con una sonrisa. El niño corrió a refugiarse a la sombra de una caseta telefónica y devoró el Cornetto con avidez. No tenía idea de si los aromáticos helados del centro sabrían así, pero esto era lo más delicioso que había probado en toda su vida. Cuando lo terminó, después de lamer la envoltura para quitarle hasta el último residuo de chocolate, subió a su bicicleta y se dirigió a la lonchería.
El tío Roberto estaría orgulloso de él por haber regresado el dinero, y no volvería a decirle que llegaría a convertirse en un político corrupto. Sólo esperaba que el diablo tomara en cuenta su buena acción del día y se hiciera la vista gorda por la TV y Novelas que llevaba escondida bajo la playera.
sábado, 16 de enero de 2010
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Jajaja, me gusto mucho. El final muestra de manera cómica los grises matices de la vida. Bien amore! ( ^-^)/
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