martes, 26 de enero de 2010

16 de enero

Los niños no paraban de reír. Leonardo, impotente, buscaba la manera correcta de reaccionar. Su ropa empezaba a gotear. El enorme globo con agua se había estrellado contra el pizarrón, empapándolo por completo

- Toño… ve a la dirección – dijo, intentando que su voz sonara autoritaria
- Maestro, no fue mi intención – respondió el niño, intentando contener la risa – el globo era para Pablo…
- ¡Vas a ver! – respondió Pablo, saliendo de debajo del escritorio, donde había alcanzado a esconder para protegerse

La directora marcó el teléfono, mirando a Toño con rostro ceñudo

- Señora, necesito que venga a la escuela para hablar con el maestro de Toño. Sí, cometió una falta grave. Estamos conscientes de la situación, pero debe comprender que no podemos permitir que el niño haga maldades sin ninguna consecuencia. Debe venir a hablar con el maestro para que entre ambos decidan el castigo que se le impondrá.

Leonardo esperó con nerviosismo la cita. Apenas era su primer año como maestro de primaria y le estaba siendo difícil ganarse el respeto de los chavales. Lo ocurrido con Toño le costaría bastante tiempo de burlas y risitas contenidas entre los alumnos. Lamentó no haber seguido dando clases en la universidad. Ahí jamás tenía que hablar con los padres de los estudiantes. Era la primera vez que citaba a la madre de un alumno y no estaba seguro de qué era lo que debía decir.

De pronto, al mirar a la puerta, la vio. Tan hermosa como la primera vez que la había visto, también al entrar por la puerta de un salón de clases.

- ¿Claudia? – exclamó, sintiendo que su corazón se detenía. Ella lo miró unos segundos, antes de que su rostro se iluminara
- ¿Leonardo? ¡Vaya, eres tú! Qué sorpresa…

Sin reflexionar, se abrazaron con fuerza y permanecieron así unos instantes, reconociéndose, volviendo a aspirar el olor de la piel del otro, sintiendo el mismo calor que cuando se abrazaban hacía quince años.

- Jamás imaginé que Toño fuera tu hijo… es decir, López es un apellido tan frecuente que… no puedo creerlo… ¡tienes un hijo de ocho años!
- Sí… me embaracé poco antes de terminar la universidad. No es lo más inteligente que he hecho en mi vida, pero no me arrepiento de ello ni un solo instante. Tener a Toñito ha sido lo mejor que me ha pasado…
- Claro… - respondió, dudoso, al tiempo que palpaba la manga aún húmeda de su camisa.
- Pero, cuéntame ¿Qué haces aquí en Guadalajara?
- Oh, hace años que vivo aquí. Me mudé al entrar a la universidad
Claudia lo miró, estupefacta. Había dejado de respirar. Leonardo sintió un nudo en la garganta y agachó la mirada.
- ¿Hace más de diez años que te mudaste y nunca me llamaste?
- Quise hacerlo, pero… - no pudo terminar la frase

No encontró las palabras para explicar que lo más doloroso que le había pasado en su adolescencia había sido el separarse de ella. Odió a sus padres por haber decidido irse de La Piedad para buscar un mejor futuro en Guadalajara. Odió a Claudia por aceptarlo tan resignada y sólo decirle “no te preocupes. En un par de años entrarás a la universidad y me alcanzarás allá”. Ella en realidad estaba contenta por mudarse. Un noviazgo adolescente no podía compararse con las bondades de la gran ciudad: ahora podría aprender a patinar sobre hielo e ir a los centros comerciales cada fin de semana. Ahora iría a una escuela mejor y haría nuevos amigos, más interesantes que su novio pueblerino.

Leonardo pasó meses enteros llorando. Su padre lo reprendía severamente “es de maricones estar llorando por una vieja”. La primera carta de Claudia llegó una semana después de que se fue. Le decía que lo extrañaba y que estaba muy triste por no verlo. Él le respondió intentando no agobiarla con su tragedia, diciendo parcamente que las cosas ya no eran lo mismo sin ella. En la segunda carta, una semana después, Claudia parecía más resignada a su nueva vida. Incluso emocionada. Le habló de su nueva escuela, de su nueva casa. “Desearía que estuvieras aquí”, “Ven a visitarme algún día” no se asemejaban a la falta de aire que él experimentaba por su ausencia.

Dejó de responder a sus cartas. Al principio ella insistió. “¿Qué pasa, Leo? Acaso ya te olvidaste de mí?”. Olvidarla. ¡Si tan sólo hubiera podido pasar un solo minuto sin pensar en ella! No podía dormir por las noches por estar recordando todos los momentos que habían pasado juntos, pensando en su cabello negro, sus ojos grandes y verdes…

Cada semana, Leonardo buscaba esperanzado entre la correspondencia y sentía un estremecimiento en la boca del estómago cuando descubría el sobre blanco con la caligrafía pequeña y ordenada. Aunque nunca respondiera, guardaba todas y cada una de las cartas que recibía.

La correspondencia se fue volviendo cada vez más esporádica, hasta que las cartas dejaron de llegar. Leonardo sintió una especie de alivio masoquista. Finalmente, ella se había olvidado por completo de él, como habría de ocurrir inevitablemente.

Muchas veces luchó con la tentación de llamarle al teléfono que ella le había dado en cada carta que le había enviado. Pero no podía hacerlo. Mientras no hablara con ella ni recibiera sus cartas, podría fingir que ella nunca había existido. Pero si escuchaba su voz, la realidad de su ausencia se haría inminente, y sentía que podría morirse del dolor.

Poco a poco, fue dejando de pensar en ella todos los días. Fue acostumbrándose a su ausencia. Llegó un momento en que ya ni siquiera recordaba con claridad su rostro. Y finalmente, cuando estaba en el último año de prepa, había conocido a Daniela.

Ella había sido una bocanada de aire puro en medio de ese encierro en el que había vivido durante dos años, desde que Claudia se fue. Había llegado a su vida sin pedir permiso, acercándose a él a pesar de sus barreras para decirle, sin rodeos “Me encantas”.

En ese momento fue como si se rompiera un hechizo. Los meses siguientes fueron completamente maravillosos. Cuando terminaron la prepa, ambos se mudaron a Guadalajara para entrar a la universidad.

Era por ello que no había llamado a Claudia, aunque la distancia que los había separado en primer lugar ya no existiera. Ahora estaba con Daniela y era muy feliz.

Un par de años después, la rutina y otros vicios fueron mermando la relación entre ellos, hasta que ambos decidieron terminar. Leonardo se preguntó por qué no sentía el dolor insoportable que había sentido al separarse de Claudia. Le pareció increíble que en sólo unos meses ella hubiera logrado que su presencia fuera tan necesaria como el agua para él, mientras que los tres años al lado de Daniela quedaron en el pasado rápidamente.

¿Sería que ésa era la manera de saber cuánto amas a alguien, por el grado de dolor que te provoca dejarlo ir?, entonces, ¿había amado más a Claudia que a Daniela? No lo creía, con Daniela había vivido momentos fantásticos: su primera vez, el dormir abrazando a alguien, el saber lo que era hacer planes para el futuro…

Pensó que quizá simplemente, al perder a Claudia había llorado todo lo que le correspondía llorar en su vida, y ya no le habían quedado lágrimas para llorar a Daniela.

Unos meses más tarde, se había ido de intercambio un año a Inglaterra. Allá había vivido experiencias nuevas y conocido a tantas mujeres hermosas, que olvidó por completo la idea de llamar a Claudia para saber qué había sido de su vida. Tenía muchas cosas nuevas por vivir y mucha gente por conocer. No debía mirar atrás.

- Y tú… ¿te casaste? – preguntó Claudia, rompiendo el largo e incómodo silencio
- No… viví un tiempo con alguien. Hace tres años que nos separamos. Mi hija cumplirá cuatro la próxima semana…
Le mostró una fotografía de una hermosa nena con la piel blanca como porcelana y bellos ojos negros y almendrados
- ¡Qué linda! Tiene tus ojos… - dijo, sonriendo - ¿cómo se llama?
- Claudia…

Ella lo miró intensamente, boquiabierta. Él recapacitó rápidamente

- Es que así se llama mi sueg… la mamá de Sandra. La abuela materna de la niña
- Oh… vaya… felicidades, es preciosa
- Sí… lo es…
- Bueno, hablemos sobre Toño
- Oh, sí… - respondió, guardando la fotografía en su cartera, con dedos temblorosos – se ha portado muy mal los últimos días
- Lo sé. Está molesto porque su padre y yo acabamos de divorciarnos
Leonardo parpadeó
- ¿Te divorciaste?
- Así es. El desgraciado se acostaba con una de sus compañeras de trabajo. Cuando me di cuenta lo mandé al carajo
- Vaya… siento escuchar eso. ¿Estás bien?
- Sorprendentemente bien. Creo que esto me hizo darme cuenta de lo infeliz que era a su lado. Me siento hasta liberada, con ganas de rehacer mi vida y de darme la oportunidad de ser realmente feliz

Se miraron a los ojos durante un instante. Claudia carraspeó y miró el reloj

- Hagamos esto. Suspende a Toño un día de clases. Yo le castigaré su Play Station y hablaré con él para que recapacite sobre su conducta ¿te parece bien?
- Sí… está bien… - dijo Leonardo, tartamudeando
- Bueno. Debo irme. Tengo mucho trabajo. Me dio mucho gusto verte, Leo…
- A mí también…

Ella se despidió con un breve beso en la mejilla y caminó hacia la puerta. Se movía con la misma gracia que a sus quince años. Llevaba una falda que le llegaba debajo de la rodilla, dejando ver sus torneadas pantorrillas.

- Claudia … - musitó Leonardo

Ella se detuvo y dio la media vuelta, con una leve sonrisa

- Hay junta de papás la próxima semana – dijo él, titubeante – El viernes a las seis

La sonrisa desapareció de su rostro

- Oh… bien… ahí estaré…

Levantó la mano en señal de despedida y volvió a caminar hacia la puerta del salón. Leonardo sentía que su corazón saltaba furioso dentro de su pecho, su cara estaba totalmente roja y de pronto, las palabras lograron salir de su boca sin amontonarse

- ¿Te gustaría ir a tomar un café después de la junta?

Claudia se detuvo en el umbral de la puerta y tardó un instante en volver la cabeza. Cuando lo hizo, su rostro estaba levemente sonrojado

- Claro… me encantaría…

Esbozó una enorme sonrisa y en sus ojos brilló la misma chispa de coquetería que lo había embrujado sin remedio el día en que Leo se había armado de valor y le había pedido que fuera su primera novia.

Cuando salió del salón, Leonardo permaneció un largo rato recargado en el escritorio y mirando a la puerta, con el corazón aún latiendo acelerado y con una extraña sensación hacía tiempo olvidada de mariposas en el estómago.

Simpleza (15 de enero)

Miré el reloj con impaciencia. El autobús estaba tardando demasiado. Normalmente no tenía que esperar más de cinco minutos para abordar. Era por eso que prefería tomarlo en el fraccionamiento Xangari, a las afueras de Morelia, donde sólo se detenían unos minutos a subir pasajeros antes de tomar carretera hacia Uruapan, en lugar de ir hasta la central. Eso implicaba tener que viajar en guajoloteros que se iban parando en cada pueblo, tenencia y ranchería que había en el camino, pero hacían casi el mismo tiempo que el servicio de primera y eran mucho más baratos.

En eso, vi que se acercaba un autobús que decía “Uruapan”, pero de inmediato me di cuenta de que era un Primera Plus y suspiré. Esos no se detenían en Xangari.

Observé el cielo y vi que el viento movía rápidamente unas grises y espesas nubes. No tardaría en empezar a llover.

De pronto, una voz me sacó de mis pensamientos: “Uruapan directo. Uruapan sin escalas”. Vi a uno de los señores que cantan las corridas parado junto al Primera Plus, que tenía su puerta abierta. Rápidamente tomé mi maleta y subí al autobús. El chofer me cobró cien pesos, veinte menos de lo que cuesta en la central. Desde luego, no me dio ningún boleto, y caí en cuenta de que aquella parada era una transacción corrupta del chofer, quien llenaba los asientos que le quedaban vacíos, cobraba los pasajes y se quedaba con ese dinero.

Me dirigí a un asiento vacío al fondo del autobús, donde me senté cómodamente en los asientos reclinables, infinitamente superiores a los de los guajoloteros. Vi que un par de hombres más subían al autobús. Cuando el motor había vuelto a encenderse, vi por la ventanilla que un Federal de Caminos se acercaba al autobús y le hacía señas al chofer de que se detuviera. Pasaron unos minutos y ya no eran uno, sino tres los policías que rodeaban el autobús.

Tras unos minutos, el chofer abrió la compuerta y fue por el pasillo pidiendo que los pasajeros que acababan de abordar bajaran porque no podía llevarlos. Los hombres que subieron después de mí bajaron rápidamente. Cuando el chofer llegó a mi lugar, lo miré con una mezcla de reproche y súplica. El hombre dudó un instante y luego murmuró

- Usted quédese, señorita

Suspiré aliviada, y le agradecí con una sonrisa coqueta. Mientras me acomodaba de nuevo en mi asiento, agradecí por ser una mujer joven y bonita. Lograba que los hombres fueran indulgentes conmigo en prácticamente cualquier situación. Me percaté de que el autobús aún no se ponía en marcha.

De pronto, un Federal, con cubrebocas y lentes oscuros subió al autobús y se dirigió a mi asiento. Seguramente me habían visto abordar. Lamenté ser una mujer joven y bonita, ya que era difícil pasar desapercibida. Mi cabellera rubia era muy llamativa. Comencé a ponerme nerviosa, pero conservé la calma. Desabroché un botón más a mi blusa, para que el escote fuera más pronunciado y miré al policía seductoramente. Su determinación pareció tambalearse al verme.

- Señorita… ¿usted acaba de abordar el autobús?
- No, oficial – dije, con mi voz más sensual – lo tomé en la central
- ¿Puedo ver su boleto?
- Claro… - respondí, mientras comenzaba a revisar en mi bolsa - ¿cuál es el problema?
- Lo que pasa es que estos autobuses son de primera, no deben subir a más personas que las que se registran en la central. Esto para evitar asaltos y secuestros. Es por la seguridad de los mismos pasajeros.
- Desde luego, entiendo… pero no encuentro mi boleto. Debió irse con la cajetilla de cigarros vacía que tiré antes de abordar

Él me miró unos segundos, dudoso. Aún a través de sus lentes oscuros, pude ver que lanzaba una rápida mirada a mi escote.

- Pero ¿de verdad abordó en la central?
- Sí, en serio
- Está bien, señorita. Que tenga buen viaje

Dio la media vuelta y bajó del autobús. Mientras volvía a abotonar mi blusa, sonreí por la simpleza del sexo masculino. Son tan fáciles de manipular.
El chofer subió y antes de colocarse en su sitio me dirigió una mirada mitad cómplice, mitad de agradecimiento. Si yo hubiera aceptado ante el policía que acababa de abordar el autobús, no sólo me hubieran hecho bajar, sino que lo hubiera metido en un problema por decir que ya habían bajado todos los que acababan de abordar.

El camión arranca y en pocos minutos ya vamos en la carretera. Abro mi maleta y saco mi revólver. Los hombres son tan simples. No pueden imaginar que una mujer joven y bonita también puede asaltar un autobús.

sábado, 16 de enero de 2010

La Propina

Pedrito no podía creerlo. Miró de nuevo el billete mientras subía a la bicicleta. Nunca le habían dado una propina tan generosa. El muchacho que se lo dio no parecía tener mucho dinero. Quizá estaba distraído y no hizo bien sus cuentas cuando le entregó el billete de doscientos pesos y le dijo “quédate con el cambio”, porque la propina era casi la misma cantidad que había pagado por las tortas que Pedro le entregó.

Mientras pedaleaba, emocionado, comenzó a imaginarse todas las cosas que se compraría con lo que acababa de ganar con el sudor de su frente y el cansancio de sus piernas. Quizá ochenta pesos no eran mucho dinero para cualquier persona, pero cuando se tienen nueve años era una verdadera fortuna. Primero, compraría unos churritos con crema, queso y salsa Don Vasco. Más tarde, pasaría por un puesto de revistas y le compraría a su madre su TV y Novelas que tanto le gusta, y que hace tanto que no compra porque el sueldo que gana como sirvienta a duras penas le alcanza para el mandado de la semana.

De repente, su corazón se aceleró al ocurrírsele una idea magnífica: finalmente podría comprar uno de esos helados que venden en el centro, de los que sirven sobre conos recién hechos que hacen que toda la Plaza Ocampo huela como a hot-cakes. Pediría que le pusieran jarabe de chocolate y nueces encima. Jamás había probado uno de esos helados, porque eran demasiado caros, pero toda su vida había querido hacerlo.

Cuando llegó a la lonchería, su tío Roberto lo recibió con la cálida sonrisa que lo caracterizaba. El niño se acercó, ufano, y le extendió el billete. La sonrisa cambió por una mirada confundida.

- Pero si fueron 120 de las tortas y los jugos…

Pedrito esbozó una amplia sonrisa

- El resto es mi propina

Don Roberto lo observó, con desconfianza. Era demasiado dinero para una propina por unas simples tortas. Él era un hombre minuciosamente honrado, pensaba que el dinero era algo demasiado insignificante como para comprometer los valores y la tranquilidad de conciencia de uno. Sospechó que su sobrino le ocultaba algo alrededor de esa propina, y no iba a permitir que en su negocio se llevara a cabo un fraude de ningún tipo.

- ¿Estás seguro de que le dijiste bien al cliente cuánto era de las tortas y los jugos?
- Sí, tío. Ciento veinte pesos…
- Y te dio el billete de doscientos…
- Ajá… y me dijo que me quedara con el cambio
- ¿De verdad? No te dijo que fueras a cambiar el billete…
- Nop. Dijo “quédate con el cambio”.
- Vaya… debió ser una persona muy rica para dar una propina tan generosa

Pedrito titubeó

- Ehhmm… sí! Era un señor de traje y corbata – mintió
Don Roberto lo miró inquisitivamente al notar el leve temblor en la voz del niño
- ¿Y vivía en una casa lujosa?
- ¡Uy! Era casi una mansión

El hombre estuvo seguro entonces de que había gato encerrado. No había ninguna casa lujosa en el rumbo a donde había mandado el pedido. Sabía que había algo extraño en todo aquello, pero tampoco podía estar seguro de que su sobrino se hubiera robado ese dinero. Decidió aplicar una vieja estrategia que siempre le había funcionado para hacer que sus hijos confesaran cuando habían hecho alguna fechoría.

- Mira, Pedrito… más te vale que no me estés diciendo mentiras, porque la deshonestidad es una cosa muy fea. ¿Has oído como habla don Jaime sobre los políticos?
- Sí… dice que son una bola de rateros y corputos
- Corruptos, hijo, se dice corruptos ¿sabes lo que significa que alguien es corrupto?

Pedro negó, con nerviosismo

- Una persona corrupta es alguien sin valores, que sólo ve por sus propios intereses. Es alguien capaz de robar y mentir con tal de tener lo que quiere…

Los ojos grises de don Roberto no dejaban de mirarlo como si tuvieran rayos X. El niño sintió que le temblaban las rodillas

- Esas personas no empiezan en altos puestos y robando millones de pesos al pueblo, no, ellos alguna vez fueron niños, que jugaban y tal vez hasta trabajaban, igual que tú. Pero pronto empezaron a hacer trampas, primero en cosas pequeñas, como copiar en un examen de la escuela o robarse cacahuates cuando iban a la tienda. Así, cada vez fueron robando y engañando con más facilidad, cada vez cosas más grandes, hasta llegar a ser los ladrones y mentirosos que son y que tanto odiamos los ciudadanos honestos. Pero ¿sabes lo que le pasa a la gente así?

Pedrito negó, conteniendo el aliento

- ¡El diablo viene y les jala las patas en la noche y no los deja dormir! Y cuando se mueran, se van a ir al infierno y les van a picar las costillas con hierros calientes para toda la eternidad

Para fortuna del chiquillo, el teléfono sonó y los abrasantes ojos grises de su tío por fin dejaron de escrutar despiadadamente su rostro. El hombre anotó un pedido y colgó.

- Lleva esta orden de tacos a la tienda de la señora Chayito – dijo, al tiempo que empacaba un bulto con una orden de tacos envuelta en papel estraza, y bolsitas con lechuga rallada, crema y salsas. Le estiró el billete de doscientos pesos – pídele que te lo cambie, para darte tu propina – hizo una especie de irónico énfasis en esta última palabra

Pedrito montó su bicicleta, con el paquete de comida amarrado en la canastilla y el billete en el bolsillo de su pantalón de rodillas gastadas. Mientras se dirigía hacia la tienda, se puso a reflexionar sobre lo que su tío le había dicho. Quizá sí había sido deshonesto de su parte recibir tanto dinero por llevar unas tortas. Todas las propinas que le llegaban a dar eran de 5, 10 o 15 pesos.

La vez que recordaba haber recibido más fue un día en que un señor había salido a recibir el pedido, y al verlo, una extraña expresión de tristeza se había reflejado en sus ojos. Detrás del hombre, una hermosa niña rubia asomó la cabeza por la puerta. Pedrito la miró embelesado. Calculó que debía tener la misma edad que él. Parecía un angelito de los que aparecen en las imágenes de la Virgencita que tenía su tía Magda.

El señor se había portado muy raro: le había preguntado a Pedro cuántos años tenía y si ya había desayunado. Después de pagarle el pedido, le había entregado treinta pesos y le había dicho que se cuidara mucho.
Chayito le pagó el dinero exacto por los tacos y le cambió el billete de doscientos por tres de cincuenta y muchas monedas. Pedrito lanzó una mirada anhelante a la canasta donde Chayito ponía las bolsas con churros.

- ¿Quieres unos churritos, m’ijo?

El pequeño dudó

- Sí… pero…
- Tómalos – dijo, con una sonrisa – son tu propina. ¿Quieres que les ponga crema y queso?

Pedrito se sentó en la banqueta a disfrutar del manjar. Comió ceremoniosamente cada churro, saboreándolo con el gusto del antojo contenido desde hacía semanas. Cuando terminó, pedaleó triunfal hacia la lonchería. En el camino, pasó por la calle a la que había llevado el pedido esa mañana. Recordó la mentira que le había dicho a su tío Roberto y se sintió mal.

La imagen del muchacho que le dio el billete, con sus tenis sucios y su playera de Café Tacuba, le hizo volver a preguntarse si el cambio que se había quedado había sido en realidad lo que el muchacho quería darle. Sintió las monedas pesar dentro de su bolsillo, casi quemándole. Trató de consolarse pensando que él no había hecho nada malo, el joven le había dicho que se quedara con el cambio, no era como si le hubiera robado algo, o le hubiera dado mal un cambio para quedarse con la propina. Sin embargo, la imagen del diablo jalándole las patas por la noche lo hizo estremecerse. Apretando los dientes, suspiró y movió el manubrio para entrar en la calle de la casa del muchacho.

Cuando tocó el timbre, salió a abrirle el mismo muchacho atolondrado.

- Hola… oye… ¿te acuerdas que en la mañana te traje unas tortas y unos jugos? – preguntó con timidez
- ¡Sí! – exclamó el joven, repentinamente ansioso
- Me diste un billete de doscientos, ¿edá?
- ¡¡¡Sí!!! No manches, ya sé que te dije que te quedaras el cambio, pero calculé mal lo que me tenían que dar mis compañeros. Soy estudiante de fuera y ese dinero era lo último que me quedaba para regresarme hoy a mi pueblo.

Pedrito suspiró con pesar. Era demasiado pedir que el muchacho le hubiera dicho “claro, te di ochenta pesos de propina, ¿cuál es el problema?” como había estado esperando desde que tomó la decisión que ir a preguntar. Resignado, metió la mano al bolsillo y sacó un billete de cincuenta pesos y seis monedas de a cinco. El muchacho recibió el dinero, conmovido.

- Muchísimas, muchísimas gracias, we. No tienes idea del parotote que me haces.

El niño miró al suelo, intentando corresponder a la sonrisa del joven. Su interior se debatía entre sentirse contento por haber hecho lo correcto o lamentarse por haber perdido la oportunidad de comprar las cosas que siempre había querido.

- Oye, ya sé. Tengo algo para ti. Espérame tantito

El muchacho entró a la casa y dejó la puerta entreabierta. Pedro pudo observar una pequeña y oscura estancia, con un sillón viejo de tapiz manchado y percudido, una grabadora de esas que fueron las primeras con reproductor de CD, y entre un montón de libros y libretas esparcidos sobre una mesita, distinguió los colores chillones de la portada de la revista TV y Novelas.

Cuando el joven regresó, le entregó a Pedro un Cornetto cubierto de escarcha, pero bien empaquetado.

- Lleva un par de semanas en el refri, pero está bueno todavía

Pedro sonrió, emocionado y recibió el helado. El muchacho volvió a darle las gracias efusivamente por haberle devuelto los ochenta pesos y cerró la puerta con una sonrisa. El niño corrió a refugiarse a la sombra de una caseta telefónica y devoró el Cornetto con avidez. No tenía idea de si los aromáticos helados del centro sabrían así, pero esto era lo más delicioso que había probado en toda su vida. Cuando lo terminó, después de lamer la envoltura para quitarle hasta el último residuo de chocolate, subió a su bicicleta y se dirigió a la lonchería.

El tío Roberto estaría orgulloso de él por haber regresado el dinero, y no volvería a decirle que llegaría a convertirse en un político corrupto. Sólo esperaba que el diablo tomara en cuenta su buena acción del día y se hiciera la vista gorda por la TV y Novelas que llevaba escondida bajo la playera.

viernes, 15 de enero de 2010

Mi cuento diario

Anoche se me ocurrió comenzar un proyecto, siguiendo una recomendación de mi maestro de matemáticas de la prepa, Miguel Ángel Rico, uno de los consejos que más han influido en mi vida, porque pusieron en marcha toda la producción literaria que tengo hasta el momento, y espero que ahora pongan en marcha una producción literaria más prolífica.
Rico siempre nos decía "Si quieres hacer algo, hazlo Hoy - ¡Hoy! cómo dice mi cuate Fox - si quieres ser pintor, empieza a pintar HOY!, si quieres ser político, empieza HOY a leer periódicos, a informarte de cómo está el panorama político nacional y mundial; si quieres ser músico, empieza a practicar HOY! La gente muchas veces cree que para realizar sus sueños tienen que esperar a un golpe de suerte, a terminar una carrera, a conseguir un trabajo, a tener dinero... pero casi nadie se da cuenta de que todo depende en realidad de uno, y que no es nada difícil obtener lo que quieres. Sólo es cuestión de empezar a hacer las cosas, volverlas un hábito y poco a poco ir subiendo los escalones para llegar hasta donde quieras llegar."
Ese discurso (que nos echó más o menos dos veces por semana durante los dos años que nos dio clases), fue el que me impulsó a escribir mi primer cuento largo - que yo antes llamaba novela, pero al parecer no lo es - y de ahí me di cuenta de que lo que quería en la vida era ser escritora.
Así que ayer decidí volver a ese impulso y decidí comenzar un proyecto que llamaré "Mi cuento del día", que será escribir todos los días un relato breve inspirado en alguna cosa que haya visto o me haya ocurrido en el transcurso del día y me haya llamado la atención. Puede ser una descripción de lo que ocurrió, o bien, una historia completamente ficticia.
Mi meta es llegar a los 100 cuentos, con lo que tendría que escribir una historia cada día desde ayer, 14 de enero, hasta el día 23 de abril. Hago público este propósito para que sea más formal, ya que a veces me cuesta ser disciplinada, y realmente quiero cambiar eso.
Así que... estarán viendo muchas nuevas entradas por aquí en los próximos meses. No creo publicar todo lo que escriba, pero prometo solemnemente que aquellos que valgan la pena, estarán aquí sin falta.

domingo, 16 de agosto de 2009

Tomás dijo...

"Lástima que las mejores fantasías se le ocurren a la gente que cree que son verdad... le quitan toda la chamba al escritor"

jueves, 14 de mayo de 2009

Perder a un amigo

En memoria de Owen

Hace unos días, salí a cenar con mi amigo Fernando y sus primos. Ellos iban de luto porque acababan de asistir al funeral de un amigo suyo, que había fallecido la noche anterior en un accidente. Estaban consternados, porque justo el día anterior habían estado con él; de hecho, entendí que el accidente sucedió cuando él volvía en taxi a su casa después de una reunión con sus amigos.

Y pensé: “qué triste... perder a un amigo de forma tan repentina. Creer que al día siguiente vas a verlo y de repente enterarte de que nunca más lo verás. De que si se te había olvidado decirle algo, si le tenías una sorpresa para su cumpleaños, que si habían quedado en ir a tomar una cerveza un día de éstos… ya no va a suceder…”

Al día siguiente, me encontré a un cuate en el supermercado. Se veía extraño, como ido. Comenzaba a pensar que estaba crudo, cuando en eso me preguntó “oye, ¿tú conocías a Owen?”. No hizo falta que dijera más; en ese momento comprendí que el amigo de los primos de Fernando, era ni más ni menos que el “Perro”, un muchacho al que conocía desde hace muchos años y que si bien, nunca llegamos a convivir lo suficiente como para poder decir que éramos buenos amigos, lo estimaba mucho.

Era de esa gente que frecuenta el mismo grupo de amigos que tú y a quien te encuentras de vez en cuando en fiestas y reuniones. Siempre que lo veía, me saludaba con su enorme sonrisa y me preguntaba por una prima mía que vive en México D.F, de quien él se enamoró perdidamente unas vacaciones en que ella estaba de visita en Uruapan. No lo conocía mucho, pero me caía muy bien, y la noticia de su muerte me dolió bastante.

Algunos de mis amigos, que llevaban una relación más cercana con él, aún no asimilan que él ya no esté. “Todavía creo que voy a ir a la siguiente peda y él va a estar ahí, con su chela en la mano y de buen humor, como siempre” dijo, apesadumbrada, mi mejor amiga.

Además del dolor por la pérdida, todos los que conocíamos y estimábamos a Owen estamos pasando por una etapa del duelo que se agudiza cuando la persona que falleció es tan joven: la reflexión.

La muerte causa dolor y desesperación no sólo por haber perdido a la persona, sino porque es un fenómeno totalmente inevitable, irreversible e inexplicable. A fin de cuentas, independientemente de la fe o creencias de cada quien, nadie sabe con absoluta certeza qué ocurre cuando morimos. Por lo tanto, ese miedo a lo desconocido que el ser humano tiene tan arraigado en el inconsciente, nos lleva a hacernos cientos de preguntas, que van desde ¿hay un “más allá”? hasta un ¿y cuándo será mi turno?”. Cuando alguien que conoces muere a una edad tan temprana, y especialmente cuando es de forma tan inesperada, una terrible verdad te golpea: no podemos saber cuándo nos tocará a nosotros.

Los jóvenes solemos pensar en nuestra propia muerte como algo lejano, que ocurrirá dentro de mucho tiempo. Después de todo, tenemos toda la vida por delante, una vida llena de planes, de metas y de asuntos pendientes. Simplemente, hay que ponerse a pensar en cuántas cosas queremos hacer este verano que ya se acerca… ¿qué pasaría si alguien nos dijera que no vamos a vivir para llevarlas a cabo? No es un pensamiento agradable, lo sé, pero es una posibilidad completamente real.

La gastada frase “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” no es más que un sabio consejo que nos recuerda que nunca podemos estar seguros de que mañana estaremos aquí, por lo que hay que llevar siempre a cuestas la menor cantidad posible de asuntos pendientes.

Ir a tomar un café con ese amigo al que hace meses no te has dado el tiempo de ver, arreglar las cosas con ese hermano con quien discutiste, dar un paseo al atardecer de la mano de la persona que amas… sé que suena cursi, pero son cosas que uno suele dejar para después por tener asuntos “más urgentes” qué resolver.
Y el día en que nos damos cuenta de que ir a tomar ese café que tanto postergamos nunca más será posible porque nuestro amigo ya no está, desearíamos haber elegido más sabiamente y haber dejado esas cosas “más urgentes” para después.

jueves, 7 de mayo de 2009

Mis desórdenes mentales

Estoy a un paso del manicomio

Disorder Rating Information

Paranoid: Low
Schizoid: Low
Schizotypal: Moderate
Antisocial: High
Borderline: Low
Histrionic: High
Narcissistic: Very High
Avoidant: Low
Dependent: Moderate
Obsessive-Compulsive: Moderate

Ya lo había hecho hace un par de meses y mis resultados eran ligeramente menos preocupantes... será que desde que ando con Cron me he vuelto más loca? o.O

El test está en este link para quienes quieran hacerlo

http://www.4degreez.com/misc/personality_disorder_test.mv