lunes, 9 de febrero de 2009

Hoy hace un año

Hoy se cumple un año…
Han pasado tantas cosas desde entonces y, sin embargo, parece tan reciente. No lo entendí al principio, creí que simplemente había sido una mala experiencia, pero ahora sé que desde ese día nada volvió a ser lo mismo. Yo no volví a ser la misma.

Fue exactamente hace un año cuando yo caminaba a mi casa de regreso de la escuela. Ya había oscurecido y la calle estaba vacía, a pesar de ser temprano aún.

Un hombre de aspecto sombrío venía caminando por la acera en sentido opuesto al mío. Al cruzarnos, se me quedó viendo fijamente, incluso me pareció notar que aspiraba con lascivia para percibir mi olor. Continué caminando, intentando apretar el paso y alcancé a pensar que me gustaría ser de esas muchachas góticas de aspecto amenazante a las que nadie molesta. En esos pensamientos me encontraba, cuando mi espalda chocó contra la pared y tenía al hombre a escasos centímetros de mi cara, sujetándome con fuerza del brazo derecho y clavándome un puño debajo de las costillas, como si quisiera amagarme con una navaja. Lo miré a la cara y todo fue sumamente extraño. Casi pude escuchar los pensamientos del hombre y me di cuenta de que no estaba armado. Le tomé la mano que apretaba contra mis costillas y constaté que efectivamente no había ninguna navaja.

Al verse descubierto, el hombre me jaló del brazo del que me tenía fuertemente asida y me tiró al suelo. Comenzó a manosearme y dijo que me iba a coger. Yo forcejeaba, le lanzaba golpes, pero no parecía notarlo siquiera. No recuerdo bien qué pasó en esos momentos, sólo recuerdo haberlo tenido demasiado cerca, el dolor de mi brazo, el horrible olor del hombre…

En eso, se puso en pie de un salto y salió corriendo. Al mirar atrás, me di cuenta de que venían dos personas caminando por la acera y un coche por la calle.
Me puse de pie, mareada, y caminé hasta mi casa. Me lastimé una pierna cuando el sujeto me arrojó al suelo y apenas podía caminar. Tuve que utilizar un bastón durante un mes y en mi brazo quedó un horrendo moretón que tardó meses en desaparecer del todo.

Recuerdo vagamente aquellos días. Sé que mis amigos se portaron geniales conmigo, me consintieron mucho mientras estuve convaleciente, los que tenían coche se ofrecían a llevarme a casa después de la escuela, todos me ayudaban en lo que podían y me cuidaban. Recuerdo que estaba tan asustada que no quería ir a ninguna parte, no podía estar en la calle sin mirar continuamente sobre el hombro para comprobar que nadie me seguía (hasta hace unos días, antes de que lo supiera todo, no había podido quitarme esa costumbre por completo). Compré un gas pimienta y no podía salir de mi casa sin cargarlo porque me sentía insegura.

Pasaron los meses. Me volví más precavida, pero también más antisocial. Ya no me gustaba tanto salir como antes, dejé de tener tantos amigos y comencé a aislarme. La gente que me rodeaba empezó a comentar que tenía un problema de adicción al Internet, pues pasaba gran parte del día en la computadora, pero la verdad es que ya no toleraba del todo el contacto humano. Las cosas con el chavo que en ese entonces era mi novio se volvieron muy distantes. No sólo porque nunca le perdoné que él no estuvo al pendiente de mí como la mayoría de mis amigos; la verdad fue que la relación terminó porque algo cambió dentro de mí. Ya no deseaba su bien por encima de cualquier cosa, comencé a ser más egoísta, a no dar nada sin esperar algo a cambio, a pensar en mi bienestar por encima de cualquier cosa. Al final, como ya no toleraba estar cerca de él, para romper utilicé una táctica sumamente sucia y deplorable, lo hice sentir muy mal y el toque maestro: le hice sentir que había sido su culpa todo.

Continué con mi vida. Comencé a perder interés por las cosas que antes me apasionaban: dejé las clases de tango, descuidé mi programa de radio, dejé de escribir, empecé a fraguar planes para vengarme de una tipa que me había bajado un novio años atrás. Finalmente, me invitaron a ser vocalista en una banda y algo comenzó a interesarme de nuevo. Pero todas las canciones que escribía eran de odio, vacío, del absurdo que la vida representaba para mí. La banda duró algunos meses y finalmente terminó, tal vez por la misma mala vibra que yo irradiaba. Mis compañeros terminaron exhaustos y decidieron dejar de tocar.

Cada vez me volvía más antipática y ermitaña. Entonces lo conocí a Él. Desde el primer momento supe que había encontrado todo lo que siempre busqué en un hombre, y así se lo hice saber. Él parecía encantado, yo le gustaba desde hacía tiempo y comenzamos a salir. Al principio estuve feliz, parecía que todo había terminado. Pero sólo era un periodo de transición. Poco a poco, Él comenzó a darse cuenta de que algo andaba mal conmigo, algo me faltaba. No era que hiciera nada malo, o que fuera mala con Él. Simplemente, no se sentía aquella chispa que había hecho que todos mis novios se enamoraran perdidamente de mí. Era como si me hubiera quedado sin alma.
Finalmente, Él se marchó a Madrid y se olvidó de mí por completo. Siendo el único asomo a la felicidad que había tenido en mucho tiempo, me ocurrió algo muy parecido a lo que le pasa a la gente normal cuando le rompen el corazón. Depresión, añoranza, pensar en Él todo el tiempo, no desear estar con nadie más, comparar a cada hombre que se cruzaba en mi camino con Él y desde luego, todos perdían.

Duré así mucho menos tiempo del que dura la gente normal cuando le rompen el corazón, pero mucho más del que había durado en cualquier otra decepción amorosa. Entonces, fue como si un switch en mi pecho se apagara. Creí que simplemente se había puesto en modalidad “Love off” como ya muchas veces había pasado, y que tan pronto conociera a algún otro chico guapo, inteligente y agradable, volvería al estado “Love on” en un parpadeo. Nunca me ha costado dejar atrás las relaciones que no funcionaron y darme nuevas oportunidades con otras personas.

Pero transcurrió el tiempo, y aunque conocí a muchas personas, ninguno llegó a interesarme. Ya ni siquiera era que los comparara con Él. Era que simplemente, me aburrían. Dejé de hablarme con mis compañeros de la escuela, dejé de salir con mis amigos y pasaba la mayor parte del tiempo que no estaba en la escuela ni en el trabajo, encerrada en mi cuarto.

Las vacaciones no contribuyeron a cambiar eso. Pasé un mes prácticamente encerrada en la casa, leyendo, escribiendo, haciendo ejercicio, sintiendo tanta energía física que necesitaba una manera de desfogarla. En consecuencia, comencé a perder peso y desarrollar una excelente condición.

El leve insomnio que toda la vida me había aquejado se agudizó hasta el grado de hacerme permanecer despierta hasta las seis de la mañana. También comencé a perder el apetito. A pesar de estar con mi familia, apenas les hablaba. Me mantenía totalmente aislada de todos, y a pesar de renegar de ello constantemente y asegurar que deseaba volver a Morelia para estar con mis amigos, me agradaba estar a solas. No es como si no hubiera podido salir con mis amigos de Uruapan, simplemente no me interesaba. Cualquier cosa que implicara trato con la gente me causaba cansancio y hastío.

Dejó de gustarme incluso salir a la calle, especialmente durante el día. La luz del sol me molestaba demasiado. A pesar de llevar mucho tiempo sin tener sexo, dejé de tener deseos. Era como si mi libido hubiera muerto por completo. También mi entusiasmo por cualquier cosa. Sólo había un enorme aburrimiento por todo.

Hace unas semanas mis hermanas cayeron presas de la fascinación por la saga literaria Crepúsculo, que parece ser una fiebre que ha contagiado a miles de adolescentes, encantadas por el guapo y cursi personaje de Edward Cullen, un vampiro que se enamora de Bella, una chica obsesiva e insegura, que al parecer tiene la facultad de convertirse en el centro del universo para todos quienes la rodean. Los hombres se enamoran de ella, los malos se obsesionan con matarla y vampiros, humanos y licántropos dedican su vida a protegerla.
Debo admitir que, aunque no me gusta del todo el estilo de la autora, de que me pareció un romance cursi y enfermizo y de que me cayó mal la protagonista, yo también caí en las redes de Crepúsculo: vi la película y suspiré con el guapo y completamente irreal Edward, leí de corrido los primeros tres libros de la serie, enamorándome de Jacob, el sexy hombre lobo, que a mi juicio tiene una personalidad más compleja, interesante y creíble que el vampiro, quien me parece completamente sacado de una fantasía de niña de secundaria: guapísimo, romántico, dulce, protector, virgen, moralista. Un joven que lucha constantemente en contra de su naturaleza y cuyo mundo entero es Bella y su prioridad en la vida es que ella sea feliz.

No sé si sea porque ya estoy amargada, porque ya no creo en el amor incondicional y el romance entre Edward y Bella me parece de lo más obsesivo y que lejos de creer que duraría toda la eternidad, pienso que es como un noviazgo de preparatoria que es intenso, que ambos creen que es el verdadero, pero que termina después de unos meses y tras unos años te das cuenta de que esa persona en absoluto era lo mejor para ti. ¡Y Bella desea convertirse en vampiro para estar con él por toda la eternidad!

Caray, si Él me hubiera amado como Edward ama a Bella (aún cuando Él no es ni la mitad de lo perfecto que es Edward) tal vez yo también habría sido capaz de renunciar a cualquier cosa, a hacer el sacrificio que fuera necesario e incluso a condenarme a pasar una eternidad siendo un monstruo. Pero como Él no llegó a quererme siquiera, nunca lo sabremos, sigo siendo un grinch y pensando que un amor así no es otra cosa que codependencia, obsesión y falta de madurez emocional.

Sin embargo, lo que más llamó mi atención de los libros, fue que presentan a los vampiros de una manera muy distinta a lo tradicional. Ellos pueden pasar por humanos fácilmente, no duermen nunca y andan fuera durante el día, pueden alimentarse de sangre de animales para no atacar personas, no le temen a los crucifijos ni al ajo, tienen fuerza y rapidez sobrenatural. Para que una persona se convierta en vampiro, necesita ser mordida, pero no desangrada, para que la ponzoña de los dientes del vampiro se esparza por todo su cuerpo, en un proceso de tres días, durante los cuales la persona agoniza y se va convirtiendo poco a poco en un monstruo. Hay una parte interesante en “Eclipse”, el tercer libro de la serie, donde dice que muchos de los crímenes que se realizan en las ciudades, son responsabilidad de vampiros, pero los seres humanos no nos damos cuenta y pensamos que son resultado de mafias, delincuentes y “chupacabras”.
Fue entonces cuando se me ocurrió una teoría… ¿qué pasaría si el hombre que me asaltó aquel día hubiera sido un vampiro? Miro mi brazo y ya no existe marca alguna del moretón que me dejó, pero perfectamente hubiera podido ser una marca de mordida…

¿Y si en realidad la ponzoña tarda un año en esparcirse y el proceso es más gradual de lo que hacen creer los libros?
¿Y si en realidad durante todo este año me he transformado en la persona taciturna y solitaria que soy ahora simplemente porque he ido perdiendo el alma poco a poco?

Ya no puedo sentir amor, ni odio, ni emoción, ni tristeza. Stephenie Meyer miente. Los vampiros somos seres totalmente insensibles. No somos capaces de amar como se supone que Edward ama a Bella. Sentimos una completa apatía por todo.
Lo único que podemos sentir es sed, pero no deseamos abalanzarnos sobre el primer humano que se nos ponga enfrente… somos perfectamente capaces de controlar nuestros instintos, tal como los seres humanos lo hacen. Podemos esperar el momento indicado y la persona idónea…

Porque la verdad es que no bebemos sangre. Nos alimentamos de la vida de las personas. De sus sueños, de sus ilusiones, sus planes, sus sentimientos. Lo absorbemos de ellas del mismo modo que si bebiéramos la sangre de sus venas, y con resultados igualmente letales, aunque a plazos más largos, pues el cuerpo de una persona puede continuar viviendo durante semanas después del ataque, pero si estamos lo suficientemente sedientos como para absorber hasta la última gota de sus vidas, mueren de inmediato…

Supongo que a mí me salvó apenas el hecho de que el vampiro que me mordió no tuvo suficiente tiempo para absorber toda mi vida… por ello me convirtió sin querer en una de ellos…

Y ahora realmente soy una de esas chicas góticas de aspecto amenazante a las que nadie molesta… sin necesidad de vestirme de cuero ni pintarme los labios de negro. Con una simple mirada soy capaz de ahuyentar a quien se cruce en mi camino.

Hoy, después de un año, pienso cobrar a mi primera víctima… lo traje con promesas de una noche de pasión. Es tan atractivo y agradable que casi siento pena por tener que matarlo… pero he esperado demasiado. Tengo sed.

Lo beso lentamente en los labios, saboreando su aliento cálido… luego voy recorriendo su mandíbula, llego a su cuello. Puedo escuchar su respiración agitada, su pulso que se va acelerando más y más… entonces clavo mis dientes en su yugular. Él gime, excitado.
Lo siento, querido… no habrá acción esta noche. Te sorprenderá cómo poco a poco tu excitación irá convirtiéndose en tristeza. Pensarás que es remordimiento de conciencia por estar engañando a tu novia… un enorme vacío crecerá en tu interior y empezarás a sentirte realmente miserable, tendrás que morder tu labio para no llorar… pero no te preocupes, que no durará demasiado.
Ya empiezo a sentir cómo la vida abandona tu cuerpo…

1 comentario:

  1. No me gusto el final... solo comentare sobre eso. Sobre lo demas no tengo palabras.

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