lunes, 9 de febrero de 2009

Lección de humildad

Mi carrera como escritora por fin empieza a perfilar para ser el enorme éxito que siempre he sabido que va a ser. Mi blog alcanzó 2700 visitas, he publicado notas y reportajes en un diario de circulación estatal y en un periódico en línea que está entre las 100 páginas más consultadas de Google. Hace poco me dieron una columna donde semanalmente puedo publicar mi opinión sobre lo que se me dé la gana. Por supuesto, todo ello me ha tenido extremadamente feliz en los últimos días, he andado con las pilas al cien (a pesar de los tropiezos que sufrió mi vida personal últimamente) y como dice Amandititita "Me creo la muy muy".Escribir es mi razón de ser, es mi catarsis, mi vía de escape, mi forma de entender la vida. El hecho de que la gente lea mis escritos y de alguna manera se identifique con ellos, o hagan alguna diferencia en su vida (como mi entrevista con Ruber Dan), es la perspectiva más satisfactoria que el futuro me puede ofrecer. Sin embargo, no puedo dormirme en mis laureles; necesito aplicarme porque me hace falta mucho por aprender, tengo que perfeccionar mi estilo, leer muchiiiiiisimo (tanto que no me va a alcanzar la vida para hacerlo, pero haré mi mejor esfuerzo), y no creer que ya porque estoy teniendo muchas oportunidades soy una fregonería ni una "pluma depurada" como me llamó mi novio de a mentiritas ayer. Tengo que entender que lo que para algunas personas puede ser una genialidad, para otras puede ser una basura; y mantenerme firme en escribir siempre lo que me llene y no lo que crea que los demás van a aprobar. El arte debe ser honesto, sin importar si complace a otros o no. El otro día caí en cuenta de lo ridículo que es el ser humano al tomarse a sí mismo tan en serio. Fui a desayunar a una lonchería que está cerca de la oficina. Iba yo muy contenta porque acababan de publicar mi primera columna y estaba feliz pensando en que por fin la gente iba a leer lo que pienso y a tomar en serio mis opiniones. Al llegar al establecimiento, me di cuenta de que encima del mostrador tenían el periódico donde aparece mi columna. Sonreí, orgullosa, me senté y pedí una torta de pierna con queso. Entonces, me di cuenta de que una de las encargadas estaba limpiando los vidrios del local. Los rociaba con Windex y observé que después los restregaba con algo que llevaba en la mano... una bola... de... papel periódico!!! Y, riendo para mis adentros comprendí qué hacía Cambio de Michoacán en el mostrador. Desde luego, pronto tocó el turno a la página donde estaba mi columna y mis inspiradas y catárquicas palabras quedaron reducidas a una bola de papel mojado en Windex. El vidrio quedó reluciente tras ser restregado con mis brillantes ideas. Y fue cuando descubrí que sin importar cuánto me esfuerce, qué tan bien escriba y publique donde publique, para alguna gente mis escritos seguirán siendo sólo una hoja de papel que sirve para limpiar vidrios. Una hermosa lección de humildad que recibí con una gran sonrisa y una mordida a mi torta de pierna con queso.

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